Un viaje hacia el corazón

25 septiembre, 2009

 © Aina Climent Belart                                                                    © Aina Climent Belart

Por lo general, una persona solicita hacer terapia porque su malestar empieza a ser tan acentuado que se ve obligada a pedir ayuda, a buscar a un terapeuta que pueda proporcionarle algo de alivio para sus síntomas y luz en su camino. A veces, incluso mucho después de haber soportado durante un largo período de tiempo esa negrura o sufrimiento existencial. Taquicardias, miedos, ansiedad, opresión en el pecho o un estado depresivo son síntomas que reclaman atención, que se dejan sentir de manera que a la persona cada vez le resulta más difícil vivir haciendo caso omiso de ellos, sin escuchar lo que siente su alma.

Verdaderamente, no podemos vivir ignorando nuestras heridas, necesidades y deseos más profundos sin que ello acarree consecuencias. Vivir en la inconsciencia genera sufrimiento. Curiosamente, los síntomas indican la dirección de lo que el alma anhela, pero también aquello de lo que nos defendemos, a lo que nos resistimos con ahínco. Un síntoma siempre tiene un significado, es un indicador luminoso que atrae nuestra atención y nos informa de que algo sucede. Tan útil como la luz que se enciende en el coche para avisarnos de que hace falta poner gasolina. Los síntomas nos indican una disfunción, la existencia de cierto malestar interior, dolor y sufrimiento. Se podría afirmar que es la voz del alma que se queja, a la hay que prestar atención y aprender a escuchar.

En la terapia es tarea ineludible hacer un recorrido por el pasado, el contexto vital y relacional en que se ha estado inmerso, lo que se ha vivido y experimentado: ¿quién soy?, ¿qué siento?, ¿qué me gusta?, ¿qué no me gusta?, ¿qué hago con mi tiempo?, ¿cómo me veo?, ¿cómo creo que soy?, ¿qué necesito?, ¿sé poner límites?, ¿qué espero de la vida?, ¿cuáles son mis sueños, esperanzas y temores?, ¿cuáles mis condicionamientos personales y familiares?, ¿asumo plenamente la responsabilidad de mi vida? Claro que todos estos interrogantes no pueden contestarse de una vez, de eso precisamente se ocupa el proceso terapéutico.

Todos formamos parte de una familia con su historia, sus condicionamientos y reglas. Una familia con su singular forma de comunicación y sistema de valores y creencias. Y también tenemos un papel que nos ha tocado jugar en ella, el que nos fue otorgado por descarte o el que elegimos jugar porque sintonizábamos con él. Encarnamos una personalidad, una manera de ser y actuar con la que llegamos a identificarnos, que en un principio fue necesaria para sentirnos alguien, encontrar nuestro lugar y poder relacionarnos con los demás.

La palabra personalidad proviene del griego persona que quiere decir máscara, y es el rostro o fachada con el que nos presentamos al mundo. La personalidad es nuestra falsa identidad, el ego o falso yo. Nos formamos una personalidad coloreada con tonalidades de orgullo, arrogancia, egoísmo, envidia, o bien es dependiente, vanidosa, tímida o perfeccionista para conseguir el amor, la aceptación y la valoración de los demás, en un principio de nuestros padres. Más allá del ego, sin embargo, se encuentra el Ser esencial, el Alma, el Sí mismo; distintos nombres para referirnos a lo mismo: nuestra verdadera naturaleza esencial.

Para construir una individualidad auténtica hemos de conocer primero los guiones de infancia, nuestras imágenes limitadoras y conductas autodestructivas, las pautas de relación disfuncionales, la negación de nuestras necesidades, el miedo al amor y al abandono, y los apegos. Hemos de reconocer y elaborar en primer lugar este material psicológico para llegar a trascender esas pautas inconscientes. Sanar las heridas de infancia, reencontrarnos con el niño o niña que hay en nuestro interior, habitar el cuerpo, expresar nuestra voz, reconciliarnos con nuestros padres, reconocer las proyecciones, asumir nuestra sombra, integrar el masculino o femenino interno y abandonar las dependencias. Todo ello constituye un viaje hacia las profundidades de nuestro corazón, hacia el Alma.

Así pues, ¿con qué nos vamos a encontrar cuando decidimos recorrer el sendero hacia nuestra esencia? ¿Cuál es el camino para llegar a ser lo que verdaderamente somos, el proceso de pulido para llegar a ese Ser brillante y puro como las caras de un diamante? El camino hacia la individuación es más de hacer conciencia, darse cuenta y deshacerse de que de acumular o construir.

El principio de individuación, concepto acuñado por C. G Jung en 1938, es el proceso para llegar a ser uno mismo, con las singularidades y peculiaridades propias. Partiendo de una determinada estructura de personalidad, riquezas y carencias de la infancia, conflictos y experiencias procedentes de la familia de origen, así como de ciertos mecanismos de defensa, contradicciones internas y pautas condicionadas de relación con los otros, llegar a ser la expresión mas completa de uno mismo y el propio destino.

El proceso de individuación conduce progresivamente del ego al Sí mismo, de la inconsciencia a la conciencia, de lo personal a lo transpersonal mediante una actitud activa y un esfuerzo consciente. Es un impulso hacia la luz, una senda de autorrealización o transformación espiritual. Ser psicólogo era para Jung ser médico de almas, y la terapia es la cura de almas. Ésta es en última instancia una aproximación a la transformación espiritual: favorecer el impulso hacia la luz, hacia la totalidad o conciencia superior.

El Sí mismo es esa fuerza o impulso hacia la autorrealización que guía nuestra evolución. Una Luz interior que exige expandirse y desarrollarse para llegar a ser individuos únicos, irrepetibles, integrados y completos, que anhela llevarnos a su máxima realización. Jung nos dice: Sé el que eres. En la película El Señor de los anillos el líder medio elfo Elrond exhorta a Aragorn: Sé aquello para lo que has nacido.

Camino

Todos necesitamos saber quiénes somos y para qué estamos aquí. Nos identificamos con nuestra personalidad creyendo que es nuestra auténtica identidad, y esta desconexión de nuestra esencia nos provoca sufrimiento y ansiedad. Existen unas fases de crecimiento comunes a todos en este proceso, dejando caer capa tras capa de estructuras de personalidad hasta llegar a las cualidades y transparencia del Ser.

Ahora bien, al intentar trascender el ego nos encontramos ineludiblemente con nuestra sombra, por lo que son necesarias ciertas condiciones seguras, un trabajo de disolución y a la vez de consolidación, sin precipitaciones ni atajos. Como siempre, se ha de buscar el equilibrio y en este caso se han de equilibrar las experiencias de presencia y trascendencia, de actividad y contemplación, en otras palabras, se trata de estar bien enraizado en la Tierra para poder alcanzar con la cabeza el Cielo. Dedicarse exclusivamente a meditar en lugar de iniciar en muchos casos un necesario proceso terapéutico puede dar lugar a problemas de todo tipo.

En el sendero de individuación hacia el Sí mismo vamos atravesando diversos pasajes donde nos perdemos: culpa, miedos, victimismo, dependencias, conflictos con el padre y la madre, desencuentros con la pareja, sufrimiento, separaciones, crisis y pérdidas; diferentes aspectos de los que es necesario tomar conciencia para sanar y trascender. De la personalidad a la esencia, del ego al Sí mismo, desde las defensas, corazas, estructuras mentales, condicionamientos y limitaciones de una personalidad -que nos ha sido necesaria para afrontar la realidad y situarnos en el mundo-, a soltar, abandonar y trascender esas capas del ego que nos comprimen y no nos dejan ser los seres auténticos, amorosos y compasivos que en realidad somos.

Nuestro Ser esencial busca encaminar nuestro destino, guía nuestra evolución para que nos expandamos y lleguemos a ser quienes somos, muchas veces a través de circunstancias adversas. En realidad, nos encontramos con determinados acontecimientos vitales, crisis, conflictos y desafíos porque los necesitamos para llegar a ser lo que verdaderamente somos, para alcanzar esas cualidades o aspectos que no se desarrollarían si no los viviésemos, para que nos trasformemos interiormente, evolucionemos y nos dirijamos hacia ese destino.

El proceso de autoconocimiento requiere atreverse a adentrarse en territorios desconocidos en la búsqueda de uno mismo. Una elección consciente de embarcarse en un viaje interior; un viaje para el que hace falta coraje, valentía, determinación, compromiso, paciencia y perseverancia. Un viaje que merece la pena porque ¿qué puede ser mejor que conocerse, aceptarse, respetarse, ser fiel a uno mismo, evolucionar, estar bien conectado con el interior y volverse un ser humano auténtico y genuino? Posiblemente ser todo eso para conectar profundamente con los demás y compartirlo con ellos.

La trayectoria vital del ser humano consiste en compaginar el trabajo psicológico y el espiritual, construirse primeramente un ego para después llegar a trascenderlo. Aparentemente parecen actividades opuestas, pero en realidad son complementarias. La transformación de la personalidad es llegar a convertirnos en lo que realmente somos, como si de un proceso alquímico de purificación se tratase. Para finalmente encontrar ese lugar de luz y quietud interior a partir del que nuestras relaciones sean cada vez más auténticas y comprometidas, desde la apertura de corazón y la presencia amorosa, libres del pasado y del futuro. Y desde la vulnerabilidad que emerge de la aceptación de la impermanencia de todos los fenómenos y la conciencia de la fugacidad de los todos los instantes.

Texto original © Ascensión Belart.

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Ascensión Belart es psicóloga terapeuta y autora del libro Un viaje hacia el corazón. (Ed. Herder.)

 

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