El fin del mito de la media naranja

3 enero, 2011

© Aina Climent Belart

© Aina Climent Belart

La mayoría de las personas deseamos una relación de pareja en la que sentirnos queridos y ser felices. Muchos anhelamos formar parte de una buena relación de pareja y, sin embargo, seamos sinceros, ¿cuántas parejas conocemos que nos parezcan buenos modelos de referencia, cuántas relaciones vemos realmente “sanas”? Miles parejas se separan cada día, muchos hombres y mujeres han pasado por varias separaciones y divorcios. Y en su ingenuidad pretenden hacer borrón y cuenta nueva, volver a enamorarse sin hacer el duelo, sin haberse parado a reflexionar sobre lo que pasó y lo que falló, sobre las bases que no les sirvieron en relaciones anteriores.

Una gran parte de las personas que recibo en consulta me hablan de sus relaciones de pareja. Relaciones que viven o han vivido. Estoy convencida de que el reto hoy en día es conocerse, cuidarse, respetarse y valorarse (lo que Jung denominó trabajo de individuación) para poder relacionarse con el otro desde esa nueva perspectiva, desde esa nueva forma de ser. Verdaderamente, sin individuación no hay pareja, hay simbiosis, hay dependencia.

Sería bueno que, dentro del proceso de evolución de la conciencia humana en el que estamos inmersos, empezáramos a ver nuevos modelos de relación en los medios de comunicación y trasmitírselos a nuestros hijos. Porque la experiencia es un grado, y ya muchos sabemos que la relación de pareja basada en la idea de la media naranja está destinada al fracaso, que las relaciones basadas en las luchas de poder, en el control, el dominio, la sumisión, la posesividad y los celos se deterioran pronto, que el reparto de roles estereotipados está caduco, que vivir por y para el otro desde la dependencia y la carencia no es amor, aún cuando algunas canciones sigan insistiendo en el mensaje de “sin tí no soy nada” y “me muero por tí”.

Porque el amor sólo perdura en la tierra fértil del respeto y la libertad, donde cada uno tiene su propio espacio y ambos danzan al ritmo del acercamiento y la distancia, moviéndose de la fusión a la individualidad. Una relación basada en dos individualidades en camino de la complitud, donde cada uno busca explorar y desarrollar lo que Jung denominó ánimus y ánima, en las mujeres su parte masculina y en los hombres la femenina. Es un hecho que las mujeres llevamos décadas desarrollando nuestra parte masculina. La verdadera  transformación de las relaciones entre hombres y mujeres pasa por que los hombres conozcan y desarrollen su parte femenina: su receptividad, capacidad de escucha, de entrega y sensibilidad, y las mujeres aprovechemos la parte masculina para al “ir a cazar” y reconectemos con nuestra femineidad y sus ciclos para estar en relación.

Recordemos lo que deteriora la relación y genera conflictos. El hecho de saber lo que no funciona, lo que no queremos, es ya un gran paso:

· Las exigencias, control, coacción, celos y actitudes posesivas.
· La falta de respeto reiterada y los desprecios mutuos.
· La manipulación y los chantajes emocionales.
· Descalificaciones y agresiones mutuas.
· Acusaciones, reproches y palabras hirientes.
· Callar y tragarse las cosas que molestan, o gritar y acusar al otro.
· Juegos de poder, incluidos silencios e ignorar al compañero/a.
· Ceder o imponerse por sistema.
· La incomunicación y falta de intimidad afectiva y/o sexual.
· Negar la intimidad sexual como castigo e instrumento de poder.
· Aceptar tener relaciones sexuales para acallar o superar conflictos.
· Proyectar lo que no aceptamos de nosotros (la sombra) en el otro, es decir “ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio”.
· Intolerancia y rigidez.
· Infidelidades.
· La falta de límites generacionales con padres e hijos: anteponer hijos o la familia de origen a la pareja.
· Actitudes de vivir por y para el otro: funcionar como satélite.
· Las expectativas hacia el compañero y el intentar adecuarse o cumplir las expectativas que imaginamos tiene el/ella.
· Creer que la relación lo es TODO y que el otro tiene que hacerse cargo de uno.
· Hacer del compañero/a la única fuente de gratificación.
· Tratar de cambiar al otro para que sea como creemos que debe ser.
· La dependencia emocional: creerse el mito de las medias naranjas.

Veamos ahora lo que apoya y favorece la evolución de la relación:

· Que cada uno tenga su propia vida, la nutra y se autoapoye.
· Amor, respeto y confianza en uno mismo, que se proyectarán en el otro.
· Aceptación del otro como es y no como nos gustaría que fuera.
· Darse cuenta de cómo repercute lo que el otro hace o no hace, dice o no dice, en la propia historia personal.
· Asumir errores y responsabilizarse de lo que uno ha hecho o dicho.
· Reconocer dónde nos hemos equivocado, nos hemos pasado o hemos fallado.
· Darse espacio y dar espacio al otro.
· Poner límites: decir “NO, basta, no puedo darte eso”.
· Hablar desde el “YO” y no desde el “TÚ” (acusatorio).
· Saber pedir perdón sin humillarse y perdonar sin aprovechar para humillar.
· Responsabilidad de uno mismo (carencias de infancia) y de la relación.
· Apoyo mutuo, cuidar y ser cuidado: reciprocidad.
· Resolver diferencias sin imponerse o ceder por sistema.
· Hacer propuestas prácticas en vez de quejarse.
· Tener una visión desde fuera de la dinámica de la relación, de lo que busca cada uno y de la intención positiva del comportamiento de ambos.
· Entrega, libertad, comprensión y tolerancia.
· Nutrir y honrar la relación así como respetar el proceso personal de ambos.
· Divertirse juntos, reír, vincularse de forma positiva.
· Flexibilidad en la interacción: ver la mejor alternativa.
· Responsabilizarse de la propia felicidad.
· Sexualidad tántrica tipo slow food.
· Encuentro en diferentes ámbitos: físico, emocional, mental y espiritual.
· Formar un equipo con individualidades: Yo, tú, nosotros.

 Texto original © Ascensión Belart.

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