Polvo de estrellas

30 mayo, 2013

Berrocales

Recientemente he tenido una experiencia trascendental nueva, ha sido tocar con las manos las cenizas del cuerpo del que fué mi padre, que murió hace unos años. Hicimos un ritual familiar y fuimos a enterrarlas a un lugar en el que el pasó bastante tiempo, una tierra que trabajo, cultivó y embelleció sobremanera. Esto me ha hecho reflexionar sobre su vida en particular y sobre el sentido de la vida y la muerte. Mi padre tuvo una vida plena y se trascendió a sí mismo. Desde tener 8 hijos y una veintena de nietos a plantar árboles, aprender astronomía, hacer Estudios Bíblicos, enseñar la Biblia tanto a grupos en la Iglesia como en un voluntariado con reclusos en cárceles. Para mí, un buen ejemplo de un hombre autorrealizado y trascendido. Ahora bien, su vida no estuvo exenta de dolor, desilusiones y frustraciones.

La Vida viene de lejos, nos atraviesa y trasciende. En uno u otro momento, todos podemos hacer el ejercicio de honrar lo que de nuestro padre, y de nuestros antepasados a través de él, hemos recibido como legado. Reconocer, apreciar y valorar con gratitud lo que recibimos del padre, y obviamente en primer lugar la propia vida. Yo sé lo que de mi padre he recibido, lo que soy gracias a él. Reconozco esa parte de mi “masculina” que se orienta hacia un objetivo, se enfoca en un proyecto con energía y direccionalidad, en la búsqueda de una verdad, una misión o visión trascendente.

Me pregunto, ¿qué es una buena vida, una vida con sentido, que realmente merezca la pena?

El escritor y premio nobel Hermann Hesse en su novela Demian escribe:

La vida de un hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede.

(…) Todos tenemos en común nuestros orígenes, nuestras madres; todos procedemos del mismo abismo; pero cada uno tiende a su propia meta, como un intento y una proyección desde las profundidades.

(…)  Tuve una certeza fulminante: cada cual tenía una «misión» pero ésta no podía ser elegida, definida, administrada a voluntad. (…) No existía ningún deber, ninguno, para un hombre consciente, excepto el de buscarse a sí mismo, afirmarse en su interior, tantear un camino hacia delante sin preocuparse de la meta a que pudiera conducir. 

El destino es un camino que se recorre, brota del interior, del Sí mismo. Nuestra esencia busca encaminar nuestro destino, nos guía para que nos expandamos y lleguemos a ser quienes de verdad somos, muchas veces a través de circunstancias adversas. Un símbolo del Sí mismo es el diamante. Un diamante, inalterable como nuestra esencia, es carbono trasmutado dentro de la matriz de la Tierra en  condiciones muy extremas de presión y temperatura. De la misma manera, nos encontramos con determinados acontecimientos vitales o desafíos porque los necesitamos para llegar a ser lo que de verdad somos, para integrar cualidades o aspectos que no se desarrollarían si no los viviésemos, son el impulso para transformarnos.

 Según El libro tibetano de la vida y la muerte de Sogyal Rimpoché Buda dijo:

Lo que ha nacido morirá,

lo que se ha recogido se dispersará,

lo que se ha acumulado se agotará,

lo que se ha construido se derrumbará,

y lo que ha estado en alto descenderá.

Dicen que la muerte no existe. En una entrevista realizada por Oprah Winfred al maestro zen Thich Nhat Hanh dice: “Es como una nube en el cielo, la vida continúa en otras formas, la nube toma nuevas formas. No estés triste, el, ella, se ha convertido en lluvia, tu ser amado continua siempre. Nuestra naturaleza es la naturaleza sin nacimiento y sin muerte. Una nube no puede morir nunca, se vuelve granizo o nieve, o lluvia. Es impensable pasar de “ser” a “no ser”. Lo mismo pasa con los seres queridos, continuan en formas nuevas, puedes rerconocerlos alrededor”.

Foto © Aina Climent Belart

Foto © Aina Climent Belart

Tempus fugit. ¿Qué perdura? ¿Qué permanece? Si todo es transitorio y efímero, si todo es impermanente, ¿que sentido tiene la vida? Ojalá sepamos vivir una vida con la que estemos satisfechos y reconciliados. Una vida al servicio del amor, en sintonía con lo que ES. Muchos valoramos la humildad, la capacidad de transformación, el coraje, el entusiasmo, la creatividad, la serenidad, la búsqueda de la propia Verdad, la capacidad de ver y reconocer al otro, el equilibrio, la contemplación, la trascendencia. La voluntad de desarrollar un corazón cálido y un amor inclusivo que todo lo abarque.

Todo es solo por un tiempo. Mi padre decía a menudo: “Somos polvo de estrellas”, recordando que estamos hechos de la misma materia que las estrellas. ¿Qué rastro dejaremos, que legado? Por por sus frutos los conocéis. El que tus descendientes te recuerden con cariño y gratitud, se rian con el recuerdo de tu más pura idiosincrasia. No estoy idealizando a mi padre, como todos tenía sus luces y sus sombras, el hecho de tener la valentía de aceptarlas e integrarlas es lo que nos transforma. Ahora tengo el privilegio de ver su vida con la perspectiva que da el tiempo, como el brillo radiante y fugaz, y también breve de un cometa. Sirva este texto como un pequeño homenaje y mi gratitud por lo mucho que de él he recibido, en el dia de su santo, San Fernando.

Hemos de asentir ante los ciclos de Vida/Muerte/Vida, ciclos de nacimiento, desarrollo, declive y muerte, y otra vez el renacimiento. Hay ciclos en todas las circunstancias existenciales, en el sol y en la luna, en el ciclo de estaciones que siguen una detrás de otra desde tiempos inmemoriales. Hay pequeñas muertes y la gran muerte. Muertes necesarias de expectativas, de nuestros velos ilusorios que nos impiden ver la vida en su desnuda esencia con un corazón dispuesto a a nacer y morir una y otra vez, así como morimos a cada respiración. Inhalamos, tomamos, es un inicio, exhalamos, soltamos, es un final. Amar es traspasar una serie de muertes y renacimientos, atravesar fases y umbrales.

Escribe Jung en su autobiografía Recuerdos, sueños, pensamientos: “La nada es lo mismo que la plenitud. En la infinitud hay tanto lleno como vacío. La nada es vacía y llena. La nada o lo pleno lo llamamos nosotros PLEROMA. Nosotros mismos somos el Pleroma, pues somos parte de lo eterno e infinito. Solo existe en principio una aspiración: la aspiración a la propia esencia”.

Por su parte, el Sutra del Corazón, texto sagrado del Budismo Mahayana dice: “Forma no es sino vacío, vacío no es sino forma. Las formas de todas las cosas son vacío. No nacen, no mueren, no hay vejez ni muerte, ni dolor, ni origen del dolor, ni destrucción ni camino”.

Los científicos reconocen ahora lo que los místicos comprendieron hace mucho tiempo, la energía es materia, la materia es energía y todo es Uno. Los astrónomos dicen que el universo está constituido por materia y vacío. El vacío es la nada. De las fluctuaciones cuánticas en el vacío parece que emerge todo. El todo es consecuencia de la nada. La gran explosión del Bing Bang dio inicio al universo, la creación de la nada.

Todos los elementos químicos de los cuales estamos formados nosotros, los árboles, los animales, las rocas se forjaron en las estrellas. Son auténticos hornos donde se cuece la materia que forma todo lo que vemos y conocemos. A modo de ejemplo, si por casualidad tienes alguna pequeña joya de oro, es fascinante saber que ese oro procede de una explosión descomunal de una supernova: es una pequeña parte de sus cenizas.

¿Para qué estamos aquí? Si todo cambia, muere y renace, ¿qué es lo que al final permanece? La esencia, el diamante que somos. Hemos de dejar que emerja nuestra esencia confiando en el sentido y orden de los acontecimientos de la vida y hacer lo que hemos venido a hacer con libertad y desapego. Abrir el corazón a las experiencias y aprender a desprenderse, a estar cómodos con los cambios y fluir con ellos.

Tres a la Luz

Podemos contemplar la vida como proceso de alquimia y transformación, como una preparación para la muerte. El ser humano caminando hacia la Luz, el proceso de evolución interior hasta el salto final para reencontrarse con la Luz. Ese es el sentido profundo de la terapia: favorecer el impulso hacia la luz, hacia la totalidad o conciencia superior.

Una buena vida es aquella que está al servicio del amor.  Darnos cuenta de que lo que de verdad importa es la entrega a los demás, la plena participación es el auténtico anhelo del alma, la esencia de la vida y la muerte. Solo en el devenir, en el constante fluir podemos ser, vivir y amar plenamente. Y, ¿no es hacia donde nos encaminamos, a despojarnos desapegarnos y abandonarlo todo? En última instancia, hemos de aceptar el misterio de la existencia, lo incognoscible, lo inesperado e incomprensible. Lo eterno en el ser humano. La vida es un milagro, un regalo, y el universo inconmensurable, infinito. Polvo de estrellas.

Texto original © Ascensión Belart.

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