El sendero transformador

21 julio, 2013

 Foto © Aina Climent Belart                                                       Foto © Aina Climent Belart

Sanar es un viaje de  transformación. Un viaje iniciático cuyo sentido es sanar al niño interior.  Todos tenemos carencias de infancia, a todos nos faltó el amor que necesitamos y en base a esa carencia nos construimos una personalidad para la supervivencia, para adaptarnos al mundo. Nos creamos una coraza defensiva para protegernos del dolor, y con el tiempo esa coraza nos oprime, estrangula la esencia. Nos anestesiamos de muchas y variadas maneras para huir del sufrimiento. Sin embargo, es necesario dejar de huir, transitar el dolor, reconciliarse con él. Afrontar el sufrimiento que va inextricablemente unido al crecimiento, y aceptarlo. Mirar al malestar a la cara, tocar el dolor existencial y aceptarlo, lo que nos conecta con el dolor de los demás y nos une a ellos puesto que en el dolor todos somos uno.

La neurosis es la reacción del sufrimiento en la infancia y se puede curar. La mirada del otro nos sana. Tenemos miedo a dejarnos ver, a que nos vean, y a la vez necesitamos ser vistos. Eso que tememos es lo que anhelamos. Ser transparentes nos sana, mostrarnos nos libera, denunciarse a uno mismo, exponer las tendencias neuróticas abre un camino hacia la transformación. Nos relacionamos desde la compulsión de nuestros mecanismos defensivos, una especie de juego favorito neurótico que nos limita y empobrece, si bien cumple la función de evitar sentir el dolor del vacío existencial. Una gran verdad es que para dejar de ser neurótico uno tiene que estar muy harto de su neura.

Algunas personas se congelan, se paralizan. Otros lo miran todo desde la barrera, intelectualizan la realidad, se quedan al margen de la vida. Hay hombres que llenan su vacío con una larga ristra de conquistas, y mujeres maestras en el arte de la seducción, que prometen más de lo que están dispuestas a dar. Algunas van por la vida como privilegiadas niñas de papá con derecho a todo, otras no se permiten ser y se agotan haciendo, aunque eso no les alimente el alma. Hay personas que venden seguridad y confianza, aunque carezcan de ella, otras son grandes acumuladoras porque buscan una seguridad. Algunas tienen una relación con la vida muy sobria y no tienen contacto con el placer, mientras que otros viven únicamente para él. 

Los hay que hacen de padres de sus padres, otros piden reconocimiento por aquello que hacen compulsivamente, y algunos más hablan de todo menos de sí mismos porque ahí se sienten perdidos, no saben qué decir. Muchos están atados a su imagen, otros han reprimido la espontaneidad del instinto y muestran un exceso de responsabilidad. Los hay exigentes, competitivos, agresivos; los hay que tienen miedo a la vida y los que dramatizan, los que se sienten víctimas y están apegados al sufrimiento neurótico.

 Aunque suene crudo, todos nos prostituimos por amor de diferentes maneras porque buscamos ser amados. Todos somos adictos a algo: a las personas, a la actividad, a la televisión, a las compras, a la comida, a los libros, a internet. Cada cual intenta llenar su vacío existencial como puede. Ahora bien, dejar caer la máscara y conectar con el propio dolor y con el ajeno de forma compasiva nos libera, entrar en el vacío y experimentar que en realidad es un vacío pleno y contiene todas las posibilidades tiene el poder de transformar nuestra realidad.

Hay sufrimiento inevitable y sufrimiento inútil, la clave es reconocer la diferencia. Para sanar uno tiene que reabrir las heridas de la infancia, descender a los propios infiernos, acceder tanto al dolor del cuerpo como al dolor emocional. Es un camino doloroso pero imprescindible si queremos vivir de verdad antes de morir, si queremos estar más presentes en nuestra vida, tener relaciones verdaderas y significativas, sentir amor real y relacionarnos de Ser a Ser. La conciencia de la propia muerte es un revulsivo, nos despierta de la ensoñación de una vida anestesiada. Somos un continuo morir y renacer.

El sufrimiento consciente es un camino de crecimiento. Cada vez es un paso, el amor es un paso, hay que pasar a la acción para avanzar en nuestro compromiso con el amor. Todos buscamos la esencia, aunque no seamos concientes de ello. Y todos la buscamos por un camino equivocado, fuera de nosotros, apegándonos a una pasión, a unos vicios emocionales y fijaciones mentales. En el día a día se manifiesta nuestra necesidad neurótica, en el trabajo, con la pareja, con los hijos. Cada ego quiere tener razón, de ahí los conflictos de egos. El ego es algún tipo de adicción, hay que estar dispuesto a dejar atrás ciertos vicios que nos encadenan, despertar a la propia neurosis.

Hay una medicina para cada tipo de ego, y es la virtud correspondiente. Si queremos curarnos de nuestra neurosis hay que tomar la medicina, si no uno no se cura. Si quieres liberarte de la pasión de tu ego tienes que practicar la virtud, es el camino de salida. Las pasiones del eneagrama son: ira, orgullo, vanidad, envidia, avaricia, miedo, gula, lujuria, pereza.eneagrama 2

La virtud se manifiesta en una conducta, que es precisamente contraria de la tendencia del ego. Se trata de dejar la adicción, lo que requiere pasar el mono. Somos adictos al perfeccionismo, a la crítica, al juicio, adictos a creernos más o menos que los demás, adictos al drama, al hacer, a mentir, a aparentar, al autoengaño, adictos a la autosuficiencia, al pensamiento obsesivo, a los miedos, al control,  al desapego, adictos a todo tipo de sustancias, a engullir,  adictos a las personas, al sexo, a la conquista, adictos al trabajo, a la intensidad, adictos a postergar, a narcotizarse en actividades inútiles. Obviamente, si seguimos haciendo lo mismo obtendremos los mismos resultados.

Así pues, para cada tipo de personalidad hay asociada una virtud, y su práctica conduce a la salida del laberinto. La virtud está en la esencia. La práctica es: serenidad para los  perfeccionistas, humildad para los orgullosos, autenticidad para los vanidosos, ecuanimidad para los envidiosos, desprendimiento para los avaros, coraje para los temerosos, sobriedad para los gulosos, inocencia para los lujuriosos, acción esencial para los perezosos.

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El viaje interior es transformador. Dejando caer las máscaras conectamos con la esencia. Desde la esencia podemos mirar a los ojos del otro, ver y dejarnos ver sin intentar manipular. Ese es verdadero amor: ver y aceptar al otro como es. En contacto íntimo con la esencia resplandeciente, anclados en la respiración, en el vaivén de dar y tomar, amamos y nos dejamos amar, y desde ese lugar sagrado lleno de Luz y Amor nos entregamos al río de la Vida, nos dejamos fluir, celebramos la Vida.

Texto original © Ascensión Belart.

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 © Aina Climent            http://ainacliment.tumblr.com/

 

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5 pensamientos en “El sendero transformador

  1. Vivir la vida y la muerte al mismo tiempo, como explicarlo… Hace dos meses perdí un tesoro, mi pequeño ser de cuatro meses que crecía en mi vientre se fue, dejo de latir… Todo esto en medio de lo que podría llamar mi despertar a la vida, al amor… Estoy paralizada, no se cómo continuar este proceso. Los abrazo, gracias por sus artículos.

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