Tiempo de verano

8 agosto, 2013

 © Aina Climent Belart

© Aina Climent Belart

Nos encontramos en pleno agosto, inmersos en los mayores calores del año, recalentados, con dificultades para conciliar el sueño, sudando a rabiar los que vivimos en  zonas húmedas… y aun así, a casi todos nos gusta el verano, para muchos es su estación favorita, nos evoca tiempos de la infancia jugando de sol a sol en días interminables, riendo, inventando un juego tras otro. El verano es un tiempo que invita a la expansión, a compartir, a exteriorizarnos y relacionarnos, a la vida al aire libre más que otros momentos del año.

Ahora los días están llenos de reuniones, fiestas, comidas, cenas y eventos de todo tipo. La gente sale de paseo, a una terraza a tomar unas cañas, una horchata, un buen  helado. Los niños juegan en la calle, se acuestan tarde, se aflojan los ritmos, nos relajamos; vamos de acampada, a nadar, a bucear, en canoa, en barca. Es un momento que trae reminiscencias de un pasado remoto, cuando nuestros ancestros dejaban sus cuevas para reunirse con otras tribus y clanes. Es tiempo de externalización, extroversión, de reuniones estivales.

Disfrutamos de ir a la playa, a la piscina, de nadar. Nuestro cuerpo toma protagonismo, se pone vital y luminoso por el ejercicio físico, por el aire, por el sol que nos energetiza y nos carga las pilas. La piel se pone lustrosa, morena, llevamos ropa ligera, dormimos poco y casi desnudos, la energía sexual se vigoriza por el calor. Larguísimas siestas y noches tropicales, insomnes, haciendo el amor. Nos reunimos con familiares y amigos alrededor de la mesa con un buen vino de la tierra. Noches calurosas de risas y comunicación fluida en las que intentamos arreglar el mundo, de conversaciones trascendentes e intrascendentes, acampadas al aire libre e ir a contemplar en el horizonte el día de San Lorenzo las Perseidas, la lluvia de estrellas fugaces para pedir deseos.

Es el momento de viajar, ir al pueblo a ver a la familia, de conocer lugares lejanos, exóticos, hacer el Camino de Santiago. Es tiempo para montar en bicicleta al atardecer, las lecturas de verano, los chiringuitos, las excursiones por la montaña y por los bosques energetizantes, y tristemente también de los devastadores incendios de nuestra tierra. Nos ponemos guapos para ir a conciertos, a fiestas, a eventos donde otros se lucen y nos deleitan con sus dones. Asistimos a eventos musicales, teatrales, y también reivindicativos y solidarios que buscan un mundo más justo y equitativo. Las cálidas noches de verano bailando hasta el amanecer, hablando de lo divino y lo humano. Tiempo de encuentros y reencuentros.

© Aina Climent

© Aina Climent Belart

Ahora bien, la vida es un Todo integrado por polaridades, por pares de opuestos: el positivo y el negativo, el masculino y el femenino, la inspiración y la espiración, la diástole y sístole del corazón, el yin y el yang, el ciclo de vigilia y de sueño, el hemisferio izquierdo y el derecho, lo consciente y lo inconsciente, la luz y la oscuridad, la fase lunar creciente y la decreciente, el frio y el calor, y hay una alternancia entre los polos.

Es el movimiento fundamental del Universo, la contracción y la expansión, el ritmo de la respiración y los ciclos de la vida. No puede existir lo uno sin lo otro, coexisten necesariamente en un ciclo interdependiente. En la psique humana, el proceso de individuación -de desarrollo de la conciencia- consiste en integrar opuestos complementarios, la coniunctio opositorum de los alquimistas, más conocida a través de las investigacioness de C. G Jung.

 El tiempo es circular, como el giro rotatorio de los planetas, y elíptico, como las órbitas de los planetas alrededor de su estrella solar, y a un tiempo de expansión le corresponde otro de contracción. Aunque no nos demos cuenta, desde el solsticio de verano el 21 de junio, el día más largo, los minutos de luz van disminuyendo día a día, el sol sigue su recorrido y se pone un poquito antes cada día en el horizonte. Ya estamos encaminados en un movimiento involutivo, tan necesario como lo son el día y la noche, la vigilia y el sueño, el hacer como el contemplar para el equilibrio de la vida. Hay amor y hay dolor, hay cara y cruz, anverso y reverso. Hay un tiempo para expandirse y uno para replegarse, y así los clanes vuelven a sus cuevas después de la reunión estival. Como seres vivos nos vemos influidos por los ritmos del sol. Necesitamos un tiempo para la integración, para la introyección, es preciso parar e integrar, sentir, ir más tranquilos. Estamos en camino hacia el solsticio de invierno el 21 de diciembre, en el que una vez más se volverá a invertir el sentido tras la noche más larga.

En la vida todo son ciclos. La gracia es aprender a fluir con ellos sin rechazarlos, incluyéndolo todo, asintiendo a lo que ES. Bendiciendo, agradeciendo, disfrutando del tiempo que se nos ha dado sobre la Tierra. Vivir con el corazón abierto y en sintonía con las leyes del Universo.

 Texto original © Ascensión Belart.

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