Siento, luego existo

13 septiembre, 2013

 Foto © Aina Climent Belart


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Somos seres sintientes. Vivimos emocioneando decía Humberto Maturana. Las emociones son experiencias somáticas, es decir, se experimentan y pertenecen al cuerpo, y la energía que emana de ellas puede liberarse o por el contrario, inhibirse. Cuando bloqueamos o reprimimos sistemáticamente alguna emoción podemos sufrir perturbaciones físicas y psicológicas. Hay emociones que nos paralizan mientras que otras movilizan el cuerpo: experimentamos contracción ante el miedo y el dolor, y expansión ante situaciones gozosas. Las emociones naturales son el miedo, el enfado, el dolor (la tristeza) y el amor (la alegría).

Verdaderamente, necesitamos expresar adecuadamente las emociones porque cuando las exteriorizamos dejan de dominarnos y pierden su poder sobre nosotros. Muchas personas sienten temor ante sus emociones, sin embargo el enfado, la tristeza y el miedo sólo son perjudiciales si se los mantiene encerrados, si no se expresan y no se afrontan. Es importante reconocer, elaborar y transitar las emociones para no quedarnos enganchados a ellas.

La emoción al natural es un movimiento de onda que fluye, no es energía estancada, y tiene su expresión natural específica. Cuando las emociones no fluyen de una manera natural toman la forma de una distorsión emocional y quedan fijadas en un estado emocional que no es sano ni natural.

A nivel metabólico, la mala regulación o «digestión» de las emociones suele ser la causa de un aumento o pérdida de peso. Las emociones tanto nos estimulan a comer como nos quitan el apetito. La tristeza, el aburrimiento, la ansiedad o la soledad nos inducen a comer más o menos de lo usual.

Cada emoción tiene una función a nivel de supervivencia y a nivel social – relacional. Veamos ahora cada una de ellas.

Foto © Aina Climent Belart

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 MIEDO

El miedo es una emoción natural de los seres vivos que impulsa a huir del peligro, a esconderse, a atacar. El miedo tiene una función estratégica de supervivencia para la defensa y autoprotección, y se expresa gritando, corriendo, pidiendo ayuda, luchando.

El miedo es un estado de alerta para detectar el peligro antes de que llegue, ante algo que puede suceder. La gente que no tiene miedo en realidad es peligrosa porque se expone o expone a otros a situaciones de riesgo. En las relaciones el miedo nos hace ser prudentes, sirve de alerta para no ser demasiado impulsivos en nuestras actitudes o entregarnos antes de conocer verdaderamente al otro. También existen los miedos naturales a las alturas, a caer, a los ruidos fuertes y a las serpientes.

Los síntomas físicos asociados al miedo son: movimiento en los intestinos, temblor de piernas, tensión en las extremidades, sensaciones en el plexo solar, garganta, nuca y hombros, flojedad, aceleración el corazón, sensación de frío-calor.  Cuando el miedo no se afronta queda fijado en forma de estado distorsionado: inseguridad, ansiedad, fobia, pánico, desconfianza.

La ansiedad es un estado permanente de miedo que se manifiesta cuando hay preocupaciones y conflictos no resueltos. La ansiedad es la energía vital bloqueada, es una energía a la que no se le da canal de salida. Se la reprime por el miedo, sin embargo la energía vital no desaparece sino que queda fijada en el cuerpo como estado distorsionado. Es una reacción del organismo ante una situación de peligro, sea éste real o imaginario. Es útil porque indica que en la situación vital hay algo que se vive como una amenaza, una alerta ante una situación de peligro. Se trata de hacer consciente e identificar aquello a lo que tenemos miedo, para posteriormente afrontarlo.

Muchas personas se quejan y se sienten víctimas de su ansiedad, aunque en realidad ellas mismas la están generando. En la mayoría de los casos, es síntoma de una conducta de evitación: se está eludiendo abordar algún tema o situación que genera malestar, dolor o tristeza, se está evitando una conducta de afrontamiento ante la vida.

Los ataques de ansiedad reflejan miedo al futuro, a los cambios, aunque sean necesarios; es sentirse incapaz para lo que la situación requiere. Se acompaña de opresión en el pecho, taquicardia, sudoración, temblores y un nudo en la garganta. Muchos ataques de ansiedad son una mezcla de emociones, una mezcla de miedo y rabia reprimidos a los que no se les permite la expresión, una «bomba» que si no se exterioriza (adecuadamente) causa mucho dolor. Es posible que requieran un grito, aunque sea a solas, enfadarse, llorar o bien expresar lo que se siente para tomar conciencia de ello.

El miedo nos paraliza e inmoviliza dejándonos solos y aislados, y es una buena excusa para no arriesgarse y afrontar. Es normal tener miedo a la vida, a los cambios, a uno mismo. Ahora bien, para vivir verdaderamente (y no limitarnos a sobrevivir) precisamos coraje. Al miedo se lo vence mirándolo de frente, traspasándolo, haciendo lo que tengamos que hacer, aunque sintamos miedo, así crece nuestra confianza.

ENFADO

El enfado es una emoción natural expansiva cuya función es la de marcar el territorio, defender lo propio, atacar ante amenazas, afrontar retos, escoger pareja e ir en busca de lo que se quiere. A nivel social, es útil para protegerse contra el abuso, para autoafirmarse y cubrir las propias necesidades. Proporciona energía para cambiar el presente, para gritar, expresarse, pedir ayuda. Desde la frustración y el dolor conectamos con en el enfado y podemos decir “NO”. Cuando no nos atrevemos a decir “NO” por miedo a las consecuencias, cuando no utilizamos la energía del enfado nos sentimos impotentes y víctimas de la situación. El enfado es también un mecanismo defensivo para evitar sentir dolor que nos producen las pérdidas.

Los síntomas físicos asociados al enfado se localizan en la parte alta del pecho, garganta, mandíbula, puños, pies, brazos. El enfado es un problema cuando se convierte en un modo de vida por exceso o defecto. La distorsión del enfado como estado emocional toma la forma de: odio, rencor, venganza, resentimiento, amargura, crítica constante, aislamiento, autocastigo, pérdida de identidad, confusión, culpabilidad, depresión, claudicación, obsesiones, actitud pasivo agresiva.

La energía del enfado es muy poderosa en sí misma, por eso es necesario expresarla, dejarla fluir hacia afuera, porque si la bloqueamos en el interior ejerce un efecto destructivo y con el tiempo se convierte en rencor y resentimiento, y a veces incluso en cierto tipo de depresión. Es muy útil, entre otras cosas sirve para protestar, decir NO ante situaciones de abusos o injusticias del tipo que sean, y proporciona la fuerza para tomar decisiones y cambiar la realidad, ya que desde la impotencia nadie puede actuar.

Muchas personas creen que no es bueno enfadarse, sin embargo, si lo dejamos fluir el enfado se convierte en tristeza, la tristeza en dolor, el dolor en pena, y la pena se expresa a través de las lágrimas… hasta que dejan de brotar y llega la paz interior. Obviamente, esto debe ocurrir dentro de unos límites, hacernos conscientes y expresarlo de forma adecuada a la persona con la que tenemos el conflicto, no dejando que pase mucho tiempo, pues si no llegará a convertirse en rencor.

Algunas depresiones son el resultado de duelos mal elaborados en los que el enfado por la pérdida no ha llegado a expresarse. La energía vital parece que haya disminuido, sin embargo ésta es la misma, aunque se invierte su sentido y se vuelve hacia dentro. El enfado se dirige hacia uno mismo, en lugar de manifestarlo al exterior y se convierte en una autoagresión, por lo que sirve para proteger a los otros de una agresión. La solución se encuentra en reconducir, en reinvertir el sentido de la energía vital, enfadándose si procede o tomando decisiones, transformando esa energía de una manera constructiva.

Foto © Aina Climent Belart

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  DOLOR

El dolor es una respuesta natural ante las pérdidas, por la ruptura del vínculo. El dolor es una emoción de repliegue, de contracción, útil para sanar heridas porque invita a la introspección, nos conecta con la pena, facilita la despedida de lo que se terminó. Sirve para pedir ayuda, inspirar compasión, aislarse para elaborar las pérdidas. La expresión natural del dolor y la tristeza es llorar, suspirar, gritar, chillar, compartir. Las lágrimas son fundamentales para aliviar el dolor y la pena, ayudan a que el dolor fluya y no quede estancado. Cuando no se llora puede manifestarse la ansiedad, síntoma de contención emocional.

En el cuerpo se localiza como una opresión en el pecho, la respiración difícil, un nudo en la garganta, abatimiento y falta de energía. Las distorsiones del dolor (tristeza) son: depresión, victimismo, tristeza crónica, autocompasión, rabia, culpa, bloqueo para no sentir, dureza y abandono de uno mismo. A nivel físico, la distorsión puede estar asociada a una bajada del sistema inmunológico.

Para aliviar el dolor hay que penetrar en él, atravesarlo y vivirlo de forma consciente, y mejor aún si podemos compartirlo. Hemos de aprender a manejarnos con el dolor sin cerrarnos a él, pues al cerrarse al dolor también se bloquea la capacidad de sentir y disfrutar. Las personas que gozan intensamente también se exponen a sufrir en profundidad. Cuando nos protegemos del dolor estamos cerrándonos las puertas también al amor.

Repito, la única manera de liberarse del dolor de las pérdidas pasa por elaborar el duelo. No podemos huir del dolor, negarlo, minimizarlo o esconderlo, porque estas actitudes tan sólo llevan a posponerlo. El dolor no expresado se acumula en el interior impidiendo vivir plenamente. Los mecanismos de negación o de evasión alivian durante un tiempo, pero el dolor siempre reaparece. Muchas depresiones y falta de motivación ante la vida son la manifestación de un duelo no elaborado, un duelo estancado y arrastrado a lo largo de los años.

No olvidemos que el sufrimiento es intrínseco a la vida humana, nos acompaña en el nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte. La primera verdad de Buda es que la vida es sufrimiento. El sufrimiento forma parte de la vida, es la expresión de la soledad existencial del ser humano, una herida que nos pone en contacto con nuestra vulnerabilidad y nos brinda la oportunidad de abrir el corazón y desarrollar la compasión hacia uno mismo y hacia todos los seres.

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AMOR

El amor es una emoción natural, una energía cálida, expansiva, luminosa e integradora que crece en nuestro interior y puede llegar a desbordarse. Una sensación de calor irradiante en el pecho, de pertenencia al grupo, de unidad. El amor nos energetiza, nos impulsa a la creatividad, activa el cuerpo en general, nos hace sentir vivos, produce bienestar. Está vinculada con el disfrute de la vida, el afecto, la atracción física, el sexo y la procreación. Tiene la función de supervivencia de la especie, fundamental para tribu y la crianza de la prole, para  cuidar y ser cuidado.

El amor es juego, alegría, creatividad, y su expresión natural son las caricias, el tacto, la sonrisa, los abrazos, y todas las manifestaciones de afecto. El amor es una emoción expansiva que nos lleva al contacto, a la unión, al acercamiento a los demás.

Por su parte, las distorsiones del amor son: la dependencia, los celos, la posesividad, la sumisión, el aislamiento emocional, la soledad, las relaciones de fusión, la codependencia, la sobreprotección, la prostitución emocional.

El amor es la realidad última, la energía creativa en su manifestación, lo que mueve el mundo. El amor es incluyente, gratuito, incondicional, ilimitado y libre. Cuando amamos percibimos el mundo perfecto tal cual es, captamos la belleza y nos sentimos creativos. El amor verdadero es indiscriminado en sí mismo, no excluye, no hace requerimientos, no explota. El amor en esencia circula libremente, disuelve barreras, trasciende toda razón y condiciones.

El verdadero amor no es posesivo, ni exigente, no es apego, ni busca controlar. Tampoco es manipulación, ni afán de dominio, no es restrictivo o se muestra celoso. El verdadero amor nos conduce a la libertad, a amar al otro y dejarlo libre. El amor incondicional no requiere pactos, ni acuerdos, ni contratos. AMAR es ver y apreciar al otro tal cual es, disfrutar y entregarse sin perder el centro y sin arrebatarle nada.

Foto © Aina Climent Belart

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REFLEXIONES: ¿Cómo era en tu familia de origen la expresión de las emociones? ¿Se podía llorar? ¿Se podía expresar el enfado, la tristeza, el miedo, el amor…o no se permitía? ¿Qué mensajes recibías cuando te emocionabas? ¿Qué emociones estaban autorizadas y permitidas, y cuales eran reprimidas, criticadas, descalificadas?

Detrás de cada emoción hay un niño que no ha sido visto, un niño al que se le han negado sus necesidades, un niño que se ha sentido abandonado, humillado, rechazado, herido, excluido, criticado, desvalorizado. En mis sesiones de terapia enseño a abrazar al niño interior, abrazar literalmente las emociones para que se disuelva el dolor de la pena y la frustración que hay detrás de la rabia, y se evapore el miedo con el calor del amor.

Vivimos emocionando. A lo largo de la vida nos encontramos una gran diversidad de circunstancias que nos movilizan interiormente a sentir las emociones naturales. Etimológicamente emoción se deriva de emotio, que significa movimiento o impulso, aquello que nos mueve hacia. La gracia es fluir con ellas, atravesarlas, transitarlas y transformarlas en paz interior, confianza y amor incondicional hacia uno mismo y hacia todos los seres que nos rodean.

Dice Jeff Foster: “Sólo un momento de tristeza, o de enojo, o de miedo, conscientemente sentido, absolutamente experimentado, profundamente saboreado e íntimamente tocado; no negado ni rechazado, no alejado ni descuidado, sino sostenido como a un recién nacido, abrazado como a un amante, lo cambia todo, porque precisamente en el corazón de aquello que temías, estaba escondida la tan anhelada y soñada gracia, justo en esos momentos tan privados.

Jamás encontrarás un centro oscuro en el corazón de la tristeza, ninguna energía destructiva en el vientre de la ira, nada ‘anti-vida’ en el núcleo del temor, si es que estás dispuesto a quedarte un momento allí. Los límites imaginarios entre ‘yo’ y ‘mis emociones’ se disuelven, y sólo queda energía de vida pura, nunca dividida de sí misma. Cualquier emoción es la puerta de entrada a esta revelación, y nuestros enemigos internos son sólo los mensajeros de la infinidad, ingeniosamente disfrazados”.

Texto original © Ascensión Belart.

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