Navidad y Solsticio: abrir el corazón al amor

24 diciembre, 2013

Foto © Aina Climent Belart

Foto © Aina Climent Belart

Todos anhelamos amar y ser amados incondicionalmente, aunque no sabemos muy bien cómo. La vida es una escuela de Amor, aprendemos a amar a medida que vivimos. Anhelamos sentir la plenitud del amor, irradiar luz y alegría hacia los demás, emanar confianza. El amor es apertura. El miedo es la antítesis del amor. Necesitamos hacer el tránsito del miedo al amor. Nuestras defensas egoicas construidas con viejos patrones, creencias y condicionamientos nos impiden abrirnos al amor. De ahí la importancia de tomar conciencia de los patrones de comportamiento adquiridos en la infancia, algunos heredados de los padres e incluso antepasados, patrones ya caducos que representamos en anteriores relaciones que parece hayan quedado adheridos y de los que nos cuesta desprendernos.

El pasado nos pesa, no somos conscientes del influjo que tiene sobre nosotros. Jung dijo: Tanto nuestra alma como nuestro cuerpo se componen de elementos que estuvieron en la serie de antepasados. Sanar implica amar el pasado, asentir a lo que sucedió porque eso nos configuró, amar nuestras relaciones y a nuestros antepasados, los que fueron, amar los que ahora son y los que serán con gratitud.

El solsticio y la Navidad son puntos de inflexión de los Ciclos cósmicos que nos invitan a abrir el corazón a la Vida y el Amor. A estar más presentes  y conscientes, a ser más auténticos, transparentes y vulnerables. Ahora bien, comprometerse a abrir el corazón implica tomar conciencia real de la muerte, sabernos impermanentes. Vivimos en la ignorancia de que vamos a morir. Cerramos el corazón y lo cubrimos con velos de indiferencia egoica y rechazo de lo que no nos gusta, y así nos protegemos de la vida. Tenemos miedo a ser heridos, al dolor, al fracaso, a la pérdida, miedo a la aniquilación y a la fría negrura del abismo, cuando en verdad únicamente muere el ego. Preferimos situarnos en un limbo emocional, un limbo anímico donde no hace ni frio ni calor, es la tibieza de la que Cristo nos prevenía.

Una enfermera que trabajó muchos años en cuidados paliativos publicó recientemente sobre las cinco cosas que las personas lamentan en su lecho de muerte. La conciencia de la muerte nos hace madurar, nos pone en contacto con lo esencial. Esas cinco cosas sonhaber tenido el coraje de vivir una vida fiel a uno mismo y no lo que otros esperaban, no haber trabajado tan duro, haber expresado sentimientos, haber estado en contacto con los amigos y haberse permitido ser más feliz.

Vivir verdaderamente es amar, no amar es estar un poco muerto en vida. Necesitamos soltar la cobardía de vivir con reservas. Abrir el corazón duele, ahora bien sentirse vulnerable a la vida con un corazón libre de corazas tiene el efecto paradójico de brotar de amor desde la divinidad de nuestra esencia. ¿Y cómo?, querrán saber algunos. Aceptándonos mutuamente, soltando resistencias, viendo cómo y de qué manera nos cerramos una y otra vez. Tomando conciencia de cómo nos contraemos, respirando, relajándonos, abriéndonos. Siendo conscientes de los patrones antiguos de la infancia, exponiéndonos, estando presentes para el otro.

Sentir en todas nuestras células la incertidumbre de la Vida, lo sagrado del momento presente. Practicar una y otra vez la apertura de corazón, bajar  las defensas, ser conscientes de ellas. Respirar, relajarse, sentir los patrones de aislamiento emocional y abrir, bajar la guardia, sentir y entregarnos. Practicar la no separación, la plena participación y la apertura al Flujo de la vida. Cantar el mantra Om abre el corazón. También meditar conectados con el hara. Y cantar y bailar aquello que nos inspira.

Muchos sentimos la necesidad de atravesar las lindes de los viejos modelos de relación hacia los nuevos, sentirnos libres para revelar la esencia de nuestra alma. Temps fugit. ¿Qué es lo que quieres hacer antes de morir? ¿Qué legado quieres dejar? Podemos tomar la decisión de abrirnos al amor una y otra vez, de crecer a través de los espejos de nuestras relaciones y dar al mundo eso que hemos venido hacer con amor, libertad, desapego, compromiso. Especialmente ante la situación social en la que estamos inmersos, las injusticias y la codicia de algunos. A veces me veo viviendo en la novela de El señor de los anillos o en la serie de Juego de tronos. Las fuerzas del bien y las del mal, la polaridad que parece coexistir desde el principio de los tiempos. El mundo necesita AMOR. ¿Dónde te colocas, a quien sirves?

Entregarnos a la vida, a los otros, a una causa mayor. El alma busca cooperar, el ego competir. El Alma une, el ego separa.  Un buen indicativo de donde estamos, de donde nos situamos a cada momento es preguntarnos: ¿estoy cooperando o compitiendo? Nos interesa detectar lo antes posible cuando nos instalamos en la carencia del ego y transformarlo en plenitud del Ser cada instante. Alinearnos con el presente asintiendo a la vida, despertar a la realidad del momento y mirar alrededor con amor, aceptación y gratitud. Transformar literalmente el rechazo en amor en un abrir y cerrar de ojos. La vida en su sabiduría se encarga de pulirnos, de suavizar las aristas de nuestro ego para hacernos más dúctiles y suaves; como cantos rodados nos vamos puliendo al friccionarnos unos junto a otros, dejando especio para que el alma pueda revelarse. La plena participación es el anhelo del alma, la esencia de la vida y la muerte. Unidad, unión, reunión. ¿Cuándo has sido verdaderamente feliz, que hacías, con quien estabas?

Descansar en la conciencia de la incertidumbre de la Vida. Estamos poseídos por el ego, el mayordomo y no el Señor de la casa, llenos de miedo, codicia e ignorancia de lo que verdaderamente somos. En el Solsticio de invierno y la Navidad una vez más tenemos la oportunidad de renacer a la Luz del amor. Hemos tocado el fondo del abismo y ahora comienza el nacimiento de la luz, el tiempo del sol naciente. El sol inicia una vez más su ciclo ascendente, símbolo del renacimiento de lo divino en nosotros. Excelente momento para conectarnos con la sabiduría profunda de nuestro corazón y los anhelos del alma. Mi deseo es de transformación y regeneración profunda para todos nosotros y para este viejo mundo que agoniza.

Texto original © Ascensión Belart.

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