La torre de marfil

11 febrero, 2014

 

© Aina Climent Belart

© Aina Climent Belart

En numerosas ocasiones he escrito y hablado con convicción sobre las bendiciones de la soledad. Estar solo es necesario, especialmente tras la ruptura de una relación: darse un tiempo para hacer el duelo, ocuparse de sanar las heridas, aprender a amarse, cuidarse y respetarse. Es un proceso indispensable para madurar e incorporar al adulto, y convertirse en el padre y la madre que uno necesitó. Lo que llamo hacer el ocho: hacerse cargo del niño interior, llenar los vacíos y las carencias de la infancia, aprender a sostenerse.

Una octava superior es embarcarse en un proceso de individuación, integrar la sombra, aquellos aspectos que rechazamos en los otros y que nos cuesta ver en nosotros mismos, e integrar el arquetipo del animus y el ánima: la mujer incorporar su masculino interno y el hombre su femenino. Jung lo llamó la via regia, el puente hacia el Sí mismo. Conocerse uno mismo para dejarse conocer y conocer al otro. Un trabajo esencial, una práctica fundamental para relacionarse bien en pareja porque aprender a sostener la soledad es el origen de la fuerza del alma y el umbral de la grandeza de espíritu.

Séneca dijo: la soledad no es estar solo, es estar vacío. La mayoría de las personas no saben estar solas, que en realidad no es estar solo sino estar a solas con uno mismo. Hay  períodos en la que uno se ve en la tesitura de estar solo, y aunque de entrada pueda parecer duro e insostenible en realidad no es tan difícil cultivar Maitri, la amistad incondicional con uno mismo. Se aprende día a día, momento a momento a escucharse, a nutrirse con alimentos para el alma, a llevar las riendas de la vida, a saber lo que a uno le hace bien, a gestionar el propio tiempo. Obviamente es preciso elaborar las emociones, sostener la ansiedad, el miedo, la tristeza, la incertidumbre, el vacío y “abuenarse”, hacer las paces con uno mismo.

Cuando la vida nos pone en esa encrucijada, ¿para qué negarse? Estar solo es una oportunidad de verse con una mirada nueva, amorosa y compasiva, exenta de juicios, así como contemplaríamos a una hermana o a un buen amigo. Encontrarse con las carencias y las heridas con esa actitud constituye la clave para renacer a la existencia. Recuperar la alegría de vivir, la capacidad de asombro, la mirada inocente y curiosa de un niño en la búsqueda de un tesoro. Porque para reencontrar el amor es imprescindible reencontrarse amorosamente primero con uno mismo. Para amar hay que emprender un trabajo interior que solo la soledad hace posible. La práctica de la intimidad con uno mismo es la antesala de la verdadera intimidad con el otro.

A menudo, sin embargo, los hombres huyen del dolor y/o del vacío y recurren a encuentros sexuales esporádicos o se involucran muy pronto en una nueva relación, no habiendo elaborado de manera adecuada la anterior y cuando aún no están preparados para ella. Y esto lo llevan a cabo conteniéndose emocionalmente, lo que les conduce a no comprometerse ni amar de verdad, yendo de relación en relación. Algunos hombres sobrellevan mal la soledad y optan por una vuelta a la familia de origen mientras otros se decantan por conductas de abandono de ellos mismos. A Dios gracias, los hay que aprenden a sostenerse a sí mismos.

Por su parte, la tendencia de las mujeres es cerrarse y replegarse en sí mismas para protegerse; se vuelven exigentes y niegan que necesiten apoyo emocional. Les cuesta volver a confiar porque sienten que han dado en exceso en sus relaciones y se han desgastado, les es más fácil prescindir de los hombres que volver a arriesgarse, y algunas lo compensan volcándose en los hijos cuando los tienen. La mujer aprende con relativa facilidad a crear su hogar y nutrirse de sus amigas.

En verdad, hay que ser de una pasta especial para adentrarse en el desierto de la soledad, tener la voluntad de conquistarla, de degustar cada trago por amargo que sea. Pelearse una y otra vez con uno mismo para aprender a aunar e integrar las propias divergencias, cultivar la soledad para recuperar la propia alma.

Hay noches oscuras del alma y descensos a los infiernos ineludibles. Son pasajes solitarios, sendas que requieren transitarse a solas, etapas de crisálida necesarias de muerte y resurrección para que se realice una profunda transformación alquímica.

El propio Jung se construyó un torreón en Bollingen, junto al lago de Zurich, en unos terrenos que antes fueron un monasterio, según cuenta en su obra autobiográfica Recuerdos, sueños, pensamientos. Un lugar de perfeccionamiento que asimila al seno materno y en el que se reservó algún espacio exclusivamente para él, una representación de la individuación. “En Bollingen estoy en mis más propia esencia… me rodea el silencio”.

© Aina Climent Belart

© Aina Climent Belart

Ahora bien, la soledad de la torre de marfil llevado al extremo es un loco ejercicio de arrogancia. Pretender vivir sin relacionarse íntimamente durante demasiado tiempo no es sano. Sobrevivir se puede, vivir verdaderamente no. Este posicionamiento se consigue levantando un muro ladrillo a ladrillo, una densa muralla que luego cuesta derribar. A veces la solución ante el desasosiego de la ausencia de relaciones significativas es establecer relaciones superficiales (incluso simultaneamente) que no supongan una amenaza, lo que se llama “follamigos” o “amigos con derecho a roce”. En un determinado momento puede valer, pero si uno se instala en el fast sex, en evitar a toda costa la intimidad, también se acoraza. Tan destructiva es la promiscuidad desmedida como el aislamiento emocional llevado al extremo. Ya sabemos que en la vida todo requiere de un delicado equilibrio.

Cuanto más tiempo se pasa sin una relación más difícil se hace compartir el territorio y hacerle un espacio al otro. Uno se acostumbra a cocinar solo, tomarse una copa de vino, ver futbol, leer, escribir, ver pelis, meditar, encender un fuego e incluso ir a la playa o a la montaña solo. Es fácil acomodarse en una zona de confort y vivir sin espejo, donde aparentemente no hay conflictos y la sombra se va ampliando al no haber nadie que arroje luz sobre ella. Y ahora con las redes sociales se suple la necesidad de comunicación por un sucedáneo que realiza bien su función. Es menos arriesgado, se está a resguardo y se pueden dar y recibir los feedbaks que se necesitan. Después de un tiempo se instauran las manías, la intolerancia, la comodidad, la pereza, el orden, el apego a ese estadio … en fin, la muerte en vida. Hace un par de años se contabilizaban millones de hogares unipersonales, es posible que con la crisis muchos ahora se lo estén replanteando.

Mientras que la personalidad se protege y defiende después de los fracasos, las pérdidas y los desencuentros, y se asienta en el aislamiento afectivo y la autosuficiencia emocional, el alma anhela zambullirse, involucrarse, compartir, conectar profunda e intensamente con algún otro, aunque sea solo para un tiempo. Entonces, cómo conseguir ese exquisito equilibrio, ¿cómo reconocer la diferencia y saber si lo que nos mueve son las estrategias defensivas del ego o los anhelos del alma?

Definitivamente, el retraimiento, la comodidad, la pereza, la indiferencia, el desinterés, el control y la frialdad siguen los dictados del ego. En verdad, involucrarse conlleva riesgos: el riesgo de “contaminarse”, descentrarse, de apegarse y sufrir, el riesgo de volver a ser herido. No nos gusta que nos vean confusos, doloridos, vulnerables, por eso algunos se encierran en su torre de marfil, un refugio y a la vez una cárcel, como lo es el propio ego. Hay miedo y una arrogancia extrema en el aislamiento emocional, en vivir la vida observando desde la torre de marfil. Hay que tener la humildad de reconocer que necesitamos de otros. Las aristas del ego se suavizan en las relaciones, nos pulimos unos a otros como cantos rodados. La sombra se ilumina.

El desafío consiste en discernir y fluir entre el tiempo que se necesita para uno mismo, para disfrutar de la propia compañía y la necesidad de vinculación e involucración con un otro significativo. Sentirse libre y a la vez comprometido. Valorar el propio espacio tanto como la intimidad con el otro. Entretenerse con la propia vida como un niño que juega confiado sabiendo que sus padres le protegen y que también siente la necesidad de salir a jugar con los amiguitos. Bailar solo y aprender a bailar en pareja. Tener el valor de reconocer que la experiencia del otro me enriquece, que la realidad adquiere un significado más amplio y profundo,  que los demás tienen las piezas del puzle que a mí me faltan, que les necesito para que me hagan de espejo y señalan mis faltas, mis juicios, dónde voy errado, mis puntos ciegos. En fin, que cada interacción contiene un regalo y un aprendizaje significativo.

Se puede sobrevivir solo en la torre de marfil, sin embargo no nos hace ningún bien construir muros a nuestro alrededor, aislarse de los demás durante un largo tiempo tiene entre otros el riesgo de generarse un cáncer o cualquier otro tipo de sintomatología en el cuerpo físico. No somos autosuficientes, a solas nos empobrecemos, y cuando aparece la persona “correcta” hay que derribar esa muralla que se ha construido con tanta obstinación y empecinamiento. El corazón es un músculo que necesita movimiento, el ejercicio de involucrarse y amar, si no se endurece y se convierte en piedra. Algunas personas que están viviendo esta situación pueden argumentar que no encuentran a un hombre o una mujer que merezca la pena. Siempre hay alguien. Alguien que tal vez no sea “ideal” pero que sirve de ejercicio para que el ego no invada el espacio del alma la ahogue, la aniquile. Alguien con quien arriesgarse a abrir el corazón y ejercitar el compartir, participar, implicarse… y desapegarse si es preciso después.

En palabras de Galeano: Ojalá tengamos el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos. Abramos la torre de marfil, ahora bien teniendo en cuenta los propios ritmos y necesidades, respetando todo aquello que se aprendió en el recorrido en soledad, siendo fiel a uno mismo y a los deseos y necesidades más íntimas, escuchándose, cultivando el mundo interior, sintiéndose libre para decir no, priorizándose, renunciando a cumplir expectativas ajenas. Permanezcamos en conexión con el corazón, en sintonía con el propio alma, honrando la scintilla, la chispa divina que a todos y cada uno nos ilumina.

Texto original © Ascensión Belart.

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8 pensamientos en “La torre de marfil

  1. La soledad es la bendición de la crisálida cuando se envuelve en el eneatipo 6, pues sólo a través de ella se produce la tan esperada ruptura que dará paso a la trasformación. Es en ese momento cuando, al romperse la envoltura, el miedo se desintegra, y el 6 es capaz de desplegar sus alas para volar. Gracias por enseñarme a mirar, a ver, a observar y más aún…, a quererme y aceptarme.

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  2. Hola! Pues justamente en esa torre de marfil me encuentro, y no solo con las parejas sino que ultimamente me esta pasando con las amistades y he observado que me estoy volviendo muy fria, no se bien como he caido en esta dinamica Lo unico que si puedo decir con respecto a lo sentimental es que he intentado conocer chicos pero cuando aparece alguno que me atrae terminan siendo fiascos por una u otra razon. Con respecto a las amistades cada vez me tengo menos paciencia, y cuando no hay gustos o afinidades que compartir, me resulta fastidioso tener que estar siendo la oreja de los mismos conflictos reciclados que comentan algunas amigas, que al final solo buscan que las escuches, ni siquiera te escuchan a ti. Debo tomar accion para ir derribando esta torre, aunque no se bien como… quizas activando “el amor” en mi, al abrirme y compartir esta energia sin juzgar al otro..estoy un poco perdida…..Tengo un eneatipo 8 supongo que tendemos a ser algo frios.

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  3. Lunamari, hay etapas en las que necesitamos recluirnos en la torre de marfil, pero cuando abusamos de ella nos nuestro corazón se congela, endurece y enfría. Hemos de priorizar nuestras necesidades y si por ejemplo nos cuesta hacernos escuchar, hacer el esfuerzo y pedir a las amigas que nos escuchen, en lugar de encerrarnos en nuestro mutismo y aislarnos. Lo primero amarse a uno mismo y atender las propias necesidades, y luego encontrar un lugar nuevo en el mundo, una nueva forma de posicionarnos más allá de nuestras neuras y condicionamientos. Cuanto más tiempo nos quedamos en la torre más nos cuesta salir de ella. El ego es una torre de marfil.

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    • Gracias por tu respuesta! Me encanta como escribes, la claridad y belleza con la que te expresas.
      Lo que me pasa a veces con las amistades, es que me fastidio rapidamente y como he llegado al punto de no necesitar la compañia de nadie ni padezco la soledad sino que la disfruto, se me hace facil descartar interacciones y preferir estar en la paz de mi casa. Pero supongo que ahi soy yo la que debo seleccionar mejor las amistades o ver que puedo compartir especificamente con tal o cual persona, cual es la dinamica…
      Con respecto a los hombres, ya es otro asunto. He tenido etapas en mi vida hace muuucho tiempo atras, donde tuve hasta tres novios al mismo tiempo, he tenido relaciones intermitentes y no estables. He tenido una relacion estable de convivencia de 5 años y luego de esa, la ultima fue una relacion muy fuerte pero con una dinamica de no te quiero pero no puedo alejarme de ti. (esto le pasaba a el y claro luego a mi, porque quien quiere un hombre que te dice que no quiere nada contigo, pero que te busca con cualquier excusa, practicamente conviviamos) Desde que termine esta ultima relacion, y me costo bastante a pesar de que duro solo 1 año, por alguna razon si bien he tenido muchas citas y algunos intentos, me han llegado puras cartas malas que me han llevado a sentir pereza o que tengo que salirme del juego. Han pasado casi 4 años ya y no creo que esto que pasa sea porque sigo enganchada con aquel chico, es mucho tiempo. Ademas, por experiencia se que puedes estar muy enganchada con alguien y luego conocer a otro que te impacta de otra forma y comienzas una relacion, me ha pasado….Simplemente no me ha tocado conocer a ese otro y creo que ha sido PARA algo, he aprendido a vivir sin sexo entre otras cosas, pero en fin….. que sigue para mi de ahora en mas es un misterio… porque tambien es cierto todo lo que dice tu articulo, y no quisiera marchitarme o empobrecerme en mi torre de marfil… mas no es posible forzar una atraccion o sostener una relacion sin esa chispa.

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      • En ocasiones y por temporadas es bueno vivir sin sexo, la persona puede centrarse en su energía y practicar la autodependencia. Uno puede trabajar en lo que yo llamo “hacer el 8”, es decir unir cabeza y corazón, conciencia y corazón, parte adulta y niño interior. Como siempre, es mejor no abusar y huir de los extremos, equilibrar el tiempo para uno mismo y el tiempo para disfrutar de los demás.Lo mejor es estar conectado a las propias necesidades y escuchar la voz interior, y como tu dices, elegir mejor a los amigos, aquellos que nos nutren y ayudan a crecer.

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  4. “””Algunas personas que están viviendo esta situación pueden argumentar que no encuentran a un hombre o una mujer que merezca la pena. Siempre hay alguien. Alguien que tal vez no sea “ideal” pero que sirve de ejercicio para que el ego no invada el espacio del alma la ahogue, la aniquile. Alguien con quien arriesgarse a abrir el corazón y ejercitar el compartir, participar, implicarse… y desapegarse si es preciso después””…. cómo lograr eso???….cuando una lleva en la torre un gran rato, y empieza a parecer cada vez más grata

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    • Si, eso es lo malo, que llegado un momento se puede llegar a preferir la soledad y el aislamiento que el arriesgarse a abrir el corazón. Es bueno tomar conciencia de ello y no permitirse ese estado de comodidad árida y seca, sino atreverse a abrirse, compartir, comunicarse, salir de la guarida y abrirse al mundo. No, a veces no es nada fácil. A parte de un buen terapéuta, para abrirse van bien los grupos de expresión y trabajo corporal, los grupos de crecimiento personal y todo tipo de danzas y bailes en grupos. En el grupo se trabaja la coraza física y emocional y se recupera la frescura.

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