La insoportable pesadez del ego

10 sept 2014

 © Aina Climent Belart http://ainacliment.tumblr.com/

© Aina Climent Belart

Después de muchos años comprometidos con nuestro proceso de crecimiento personal nos damos cuenta de que ciertamente hemos cambiado, nos vamos “depurando”, aunque también nos sorprende e impacienta ver cuanto nos cuesta terminar de integrar todo lo que sabemos y hemos oído en infinidad de ocasiones. ¿Cómo es que repetimos una y otra vez y avanzamos tan lentamente en nuestro camino hacia el despertar? ¿Cómo es que después de años de práctica de meditación, yoga y talleres de autoconocimiento sigamos en muchas ocasiones dormidos, hipnotizados con la misma cháchara mental, enredados en los mismos dramas y conflictos interpersonales que sólo nos generan sufrimiento?

Me refiero a nuestro ego o personalidad, a la estructura mental de control y estrategia de supervivencia necesaria para afrontar la realidad y manejarnos en la vida, ese sistema de defensas que nos proporciona seguridad pero que a la vez limita y condiciona nuestras experiencias en gran medida. En efecto, una vez que empezamos a desidentificarnos de nuestra personalidad tomamos dolorosa conciencia de esas limitaciones, al ver cuan reducido y repetitivo es el repertorio de sentimientos, pensamientos, actitudes, formas de relacionarnos y posicionarnos.

Por más comprometidos que estemos con nuestro proceso y nuestra práctica espiritual hay muchos momentos en los que al conducir, caminar o cocinar nos “pillamos” en ensoñaciones, contándonos los mismos diálogos y películas de siempre, instalados en nuestras fijaciones o estados emocionales favoritos (miedo, comparación, indolencia, avidez, rigidez, superficialidad…), jugando el mismo papel con el mismo disfraz y la misma máscara que pareciera se nos hubieran quedado adheridos a la piel. Difícilmente avanzaremos en nuestro camino si no combinamos la práctica de la meditación con un proceso terapéutico.

Cuando comenzamos a ver con claridad, conocemos y reconocemos esos rasgos característicos de nuestra personalidad que se repiten una y otra vez, algunos son los pilares y vigas maestras, otros los ladrillos y el cemento que conforman el armazón de nuestra coraza… al darnos cuenta una y otra vez sin machacarnos ni ser indulgentes, con paciencia y perseverancia, entonces de seguro esa estructura empieza a perder solidez y se va haciendo más liviana.

Don Juan exhortaba a Castaneda a “parar el diálogo interno”, le apremiaba y provocaba para que dejara de repetirse una y otra vez la misma cantinela. Porque “parar el mundo” es lo que posibilita la brecha entre los mundos, el fenomenológico y el esencial. Cuando ponemos en práctica el silencio interior y nos instalamos relajádamente en el aquí y ahora actuamos con frescura y libertad, desde un espacio nuevo, de una manera descondicionada. Afortunadamente, tenemos muchas experiencias que nos recuerdan que podemos vivir desde ese lugar esencial, profundo e íntimo. Y para ello, como decía aquel maestro zen solo hay un camino: “Atención. Atención. Atención.”

© Aina Climent Belart

© Aina Climent Belart

Y sin embargo, seguimos regodeándonos en nuestros vicios mentales y emocionales, nos encantan nuestras canciones de amor dependiente y las viejas películas de siempre. Las malas hierbas crecen y se extienden si no estamos atentos al momento, si no cortamos de raíz y limpiamos una y otra vez de nuestra mente todos esos pensamientos ilusorios. De ahí la necesidad de conocer en profundidad las capas de nuestro ego. Una herramienta muy poderosa -además de la meditación- es el sistema de los tipos de personalidad del eneagrama, desarrollado y sitematizado por Claudio Naranjo, muy útil para profundizar en esos rasgos que nos caracterizan, para empezar a dar respuestas nuevas y no reaccionar desde el ego.

Nos parecemos y también tenemos nuestra particular “especialidad de posicionamiento”: me protejo y defiendo, me cuento esta película para autoafirmar mi imagen o para alimentar mi orgullo o vanidad, busco admiración y reconocimiento, me siento víctima, me abandono, me pongo la máscara de payaso, reina, salvador o responsable, me siento culpable, vivo atemorizado, cuido y me preocupo excesivamente de los demás, me aíslo para protegerme en mi mundo mental, entre otras. Todas ellas con el mismo fin: conseguir amor en la infancia. Una y otra vez podemos observar los mecanismos característicos de nuestro ego, nuestras fijaciones, vicios y pasiones. El eneagrama nos sirve para vernos al detalle y así no dejamos pasar ni una… y empezamos a liberarnos de la insoportable pesadez del ego.

Cambiar el chip, cambiar la perspectiva es en el ahora. El trabajo consiste en ver, soltar y abandonar el mundo ilusorio de los mecanismos del ego a cada instante; vaciarnos de conceptos, juicios, prejuicios, expectativas, esperanzas, deseos y temores. Vivir cada momento despiertos, presentes y conscientes. Y así la coraza del la personalidad se va haciendo más y más transparente, y actuamos desde Shin, nuestra mente-corazón. Un corazón abierto, luminoso, sereno, amoroso y compasivo como una gema hermosamente tallada, transparente, traslúcida.

Si hacemos un ejercicio de sinceridad, lo cierto es que aunque hoy muchos sabemos que no hemos de identificarnos con la mente, que sufrimos cuando nos desconectamos del cuerpo y nos enganchamos a los pensamientos, en nuestra vida cotidiana nos dejamos llevar por ellos, no los cortamos de raíz. La realidad es que es que no practicamos a cada momento lo que aprendemos en la práctica de la meditación, del yoga u otros talleres. Ni comemos con consciencia, ni conducimos o caminamos con consciencia. Nos cuesta estar presentes en cada sagrado instante de nuestras vidas. Vivimos en la mente, en los pensamientos ilusorios; alimentar el mundo ilusorio es uno de nuestros mayores vicios. Y como señala el proverbio zen “Una mínima distancia del grosor de un milímetro produce una separación de entre el Cielo y la Tierra”.

Ahora bien, no olvidemos que la autoexigencia y el perfeccionismo son otras facetas del ego, y aunque algunos tal vez aspiramos en secreto a ser santos, en realidad somos seres humanos y nuestra tarea en la tierra consiste precisamente en Ser. Y para ello, hemos de salir de la mente, abrir la cárcel del ego y percibir la realidad desde el Ser irradiante que somos, con el cuerpo y el alma. Desprendernos de viejos andamios, estructuras y rejas para que nuestra mente se transforme en una iluminada y ligera casita de brezo en un jardín japonés abierta al cielo infinito. La gracia es equilibrar presencia y trascendencia sin apegarnos ni rechazar, aceptando humildemente lo que es. Permanecer relajados, conectados a nuestro corazón conscientes de cada paso del viaje, fluyendo en el dulce vaivén de cada inspiración y espiración, enraizados en el aqui y ahora.

¿Sientes ahora la levedad del Ser?

Texto original © Ascensión Belart.

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4 pensamientos en “La insoportable pesadez del ego

  1. Muchas gracias por la reflexiòn. Si, es necesario “desentronizarnos”, es decir, desYOizarnos, abandonar los Egos y los ApEgos, como la manera de ser libres de las ataduras de la mente, que nos hace sufrir. Es necesario “entronizar”, es decir, darle , de nuevo, el trono al Gran Espiritu, reconocer humildemente que somos, solamente, seres humanos.

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  2. Tu pregunta “¿Cómo es que después de años de práctica de meditación, yoga y talleres de autoconocimiento sigamos en muchas ocasiones dormidos, hipnotizados con la misma cháchara mental, enredados en los mismos dramas y conflictos interpersonales que sólo nos generan sufrimiento?” me ha motivado para encontrar respuestas.
    Primero de todo, hay que tener claro de dónde venimos, cuáles son nuestros orígenes, nuestras raíces; ¿por qué? ¿por curiosidad? No, porque dependiendo del bagaje de partida, el viaje tendrá unas características u otras. Pongamos un ejemplo sencillo; si llevo más carga a la espalda, me será más difícil subir el monte, que si voy más ligero de equipaje. Pero el equipaje no sólo lo elegimos nosotros, viene grabado también una buena parte en nuestros genes, y por las experiencias infantiles más tempranas, a las cuales a veces les prestamos poca atención.
    ¿Cómo estaríamos si no hubiéramos hecho nada? ¿Cómo estaríamos sin todas esas prácticas y talleres? Mayor o menor consciencia, esa es una clave, aunque no es definitiva, sobre todo si la consciencia no nos lleva a la acción del cambio, de la modificación substancial, de la transformación.
    ¿Para qué hemos surcado esos caminos poco trillados del autoconocimiento y la meditación? A veces (¿siempre?) ha sido nuestro propio ego que nos ha llevado por esos derroteros. Para ser diferentes, originales, por insatisfacción, buscando la felicidad, la utopía. ¿Nos hemos enfrentado a ello? ¿Hemos confrontado las razones por las cuales hemos elegido y preferido estos caminos minoritarios?
    Hemos aprendido finalmente que es importante, como dices, “…combinar la práctica de la meditación con un proceso terapéutico.” Y eso nos ha podido llevar a trabajar de forma independiente aspectos psicológicos y aspectos más espirituales, para luego regresar al punto de partida donde lo importante es su integración.
    Todos conocemos compañeros que se han perdido irremediablemente en los vericuetos laberínticos del análisis psicológico, en la búsqueda inacabable de causas traumáticas a sus comportamientos condicionados, ya sea en la infancia o en otros periodos de la vida.
    También conocemos los que se han pasado años y años practicando algún tipo de meditación de forma persistente aspirando a algún nirvana utópico, agotándose en el camino, desconectados totalmente de su vida cotidiana, “alienados” en la vida del más allá.
    Todo ello nos ha llevado a reflexionar sobre algunos errores que hemos cometido o hemos visto cometer a personas cercanas, que les han puesto más difícil el camino, ya de por sí difícil, de conocerse uno mismo.
    El primer y mayor error, a nuestro parecer, es creer que ya lo sabemos todo, que sólo debemos descubrirlo en nosotros mismos, que no necesitamos guías externos, que nosotros tenemos nuestro propio guía interno, el que mejor nos puede guiar. Es una falacia que se ha nutrido de las filosofías de la Nueva Era, de las patrañas promovidas por la literatura de autosanación, engordada por las satisfacciones egoicas de cada cual. ¿Cómo aprender lo que no conocemos? En todas las disciplinas, más convencionales, aceptamos la función del maestro, profesor, tutor, monitor o guía, pero en la espiritualidad todos queremos ser maestros, y además sin título ni formación adecuados. Aceptamos sin rechistar que nos enseñen, o incluso nos ayuden, a reparar un grifo estropeado, pero si se trata de nuestra mente, de nuestro comportamiento, consideramos que debemos ser independientes y autónomos. Y así se perpetúa el error de pretender corregir algo con el mismo instrumento defectuoso que lo ha producido (nuestra propia mente).
    Otro error frecuente es el error psicologista: creer que trabajando y solucionando todos los problemas emocionales y psicológicos lograremos superar todos nuestros propios impedimentos. Por un lado, no es del todo falso, pero como todas las medias verdades, si las generalizamos demasiado, nos encontramos con los límites de las mismas técnicas utilizadas y de los márgenes de error en los instrumentos diagnósticos. Nos podemos encontrar buscando nuevas técnicas, más efectivas, para solucionar los problemas humanos universales. Además, en algunos casos, pretender solucionarlo todo antes de avanzar de forma más efectiva en el camino, no es más que otra falacia.
    El error espiritualista consiste en creer que realizar prácticas y ejercicios espirituales de todo tipo, incluso de forma indiscriminada, nos abocarán a la solución de todos nuestros problemas, prescindiendo así de toda la sabiduría implícita en las tradiciones espirituales, que fijan unas etapas y unos ejercicios a realizar en cada una de ellas, en función del resultado individual.
    Además de esos errores principales (podríamos encontrar otros más), no podemos olvidar tampoco que el aprendizaje de cualquier técnica o práctica espiritual pasa por varias fases, en especial, destacamos tres recorridos fundamentales: 1. Una primera fase, que supone el aprendizaje básico, 2. Una segunda, donde se revive de nuevo todo lo aprendido para integrarlo en uno mismo, 3. Y, por último, una tercera, donde el aprendizaje, ya integrado, es posible aplicarlo, es decir, ponerlo en práctica.

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