Shin: la mente-corazón

SOL

Hay momentos y circunstancias que son como tsunamis emocionales: nos vapulean, remueven y agitan de tal manera que nos llevan a la periferia de nuestro centro, y la Navidad es uno de ellos. En mi consulta soy testigo de ello cada año: semanas antes y semanas después se habla de la Navidad. La mayoría de mis clientes me comentan lo difícil que son estas fechas para ellos. Y así es, son cronologías que revuelven nuestros cimientos, que nos retrotraen a la infancia y a determinados rituales y ambiente familiar que luego repetimos con nuestros hijos. Estos momentos son susceptibles a toda clase de malestares y conflictos en los que nuestra parte vulnerable puede sentirse descolocada e indefensa, especialmente cuando falta algún miembro de la familia o se está viviendo el duelo de una separación y/o divorcio.

Es cuando “vienen mal dadas”, cuando atravesamos situaciones complicadas y estamos estresados y/o confusos cuando más nos “rayamos” y recurrimos a las trampas y máscaras del ego, con lo que añadimos más dificultad y lo embrollamos aún más. Cuando parece que los diques se derrumban y la mar se pone brava amenazándonos con anegarnos, es importante sostener bien fuerte el timón de nuestra vida, y si hace mala mar atarnos a un noray, esa pieza redondeada de fundición que hay en los muelles para atar las amarras de las embarcaciones. Sentarse a meditar es amarrarse al noray. La meditación nos ayuda a volver a nuestro del centro. Anclarnos en la respiración nos conduce de vuelta a casa, de regreso a nuestra esencia.

Negatividad, victimismo, mecanismos de evasión, miedos, ansiedades, preocupaciones, obsesiones; angustia, seriedad, perfeccionismo, exigencias, postergaciones, falta de aceptación de lo que es, adaptación a las expectativas del otro; orgullo, sentimiento de importancia personal o inadecuación, envidia, rencores y resentimientos, rechazos o apegos. Todo ello son las diferentes máscaras que usa el ego para defenderse ante la vida, que no quiere ver que así añade más sufrimiento y complica aún más las cosas. Estamos poseídos por el ego cuando nos dejamos llevar por las inercias y neuras diversas, perdidos en sus vericuetos mentales y emocionales, alejados de nuestra esencia. Y como dice un proverbio zen: “Una mínima distancia del grosor de un milímetro produce una separación de entre el Cielo y la Tierra”.

Conocer de qué está hecha nuestra personalidad, cómo nos defendemos ante el miedo a la vida, de qué manera nos cerramos y protegemos para no sufrir y proteger nuestra vulnerabilidad… parar esos mecanismos y cortarlos de raíz sólo es posible tomándose un tiempo para sentarse en silencio. Silenciarse y dejar pasar toda esa cháchara mental y juegos de artificio que nos llevan a la periferia de nuestro ser, que nos alejan de nuestro centro, de nuestra verdadera esencia. Cuando dejamos que el ego lleve las riendas vamos con el automático puesto y con los ojos vendados por un camino trillado, directos al abismo de la inconsciencia. Para transitar un camino nuevo se precisa de una plena atención y consciencia.

En el lenguaje astrológico el símboloSolito representa al Sol. El Sol es la consciencia, la autoexpresión, la individualidad, la fuerza vital, la voluntad. Es la expresión del Sí mismo, la propia luz, el yo verdadero, nuestra esencia. Este símbolo Solito  es un mandala, que significa círculo en sánscrito. Un mandala es un símbolo de transformación de procedencia oriental, círculo universal que representa el arquetipo de la totalidad psíquica. Una manifestación de las imágenes universales de orden y unidad, y es también símbolo del Sí mismo o centro de la persona. El círculo trasmite la idea de la unidad de la eternidad sin principio ni fin.

En ese círculo está nuestra realidad: situaciones, circunstancias, sucesos, relaciones. Al meditar nos situamos en el centro de la circunferencia y con ello creamos perspectiva frente a los hechos, circunstancias y acontecimientos. Nos ubicamos en la perspectiva del testigo. La conciencia se coloca en el centro, y desde ese centro alcanzamos una conciencia abarcativa, una mirada esclarecedora y contemplativa que nos proporciona la capacidad de actuar con ecuanimidad, lucidez y sabiduría.

Desde el centro podemos iluminar el caos e ir a lo esencial, poner conciencia entre el estímulo y la respuesta para dar nuevas respuestas creativas y no condicionadas. Desde la conciencia de la impermanencia de todos los fenómenos, de que “esto también pasará” vemos nuestro ego y el de los otros, sin identificarnos, con lo que suavizamos la situación y evitamos añadir más conflicto. En cualquier momento se puede hacer un ejercicio de “sentarse internamente” y actuar desde Shin, la mente-corazón, con conciencia, creatividad e intuición. Shin es para los japoneses la energía indivisa, presente, enfocada, conectada, centrada. Shin es la mente de la no mente, abierta, receptiva, ecuánime, sin juicios. La inteligencia emocional. Desde esa mente ecuánime, serena y en calma, conectados al centro nos sentimos en paz y asentimos a lo que es.

Al meditar adquirimos una mente diáfana, transparente, luminosa. En la meditación vemos pasar todo y lo dejamos, ir anclados en la respiración. Conectados a la sabiduría del cuerpo adquirimos visión, profundidad y claridad desde el desapego. En el aquí y ahora, vemos, soltamos y dejamos ir. Nos renovamos en un camino de liberación. Y esa práctica la llevamos a la vida cotidiana, a las diferentes las situaciones y relaciones. Entonces tenemos claridad para discernir y tomar decisiones, saber qué hacer y qué no hacer, saber cuándo parar y cuando seguir, cuando hablar y cuando callar. Conectados a la raíz, desde la sabiduría profunda del alma, tenemos otra predisposición para responder de una manera fresca y nueva, justo lo que la situación y el momento requieren.

Hay en nosotros una semilla que impele a se manifieste su presencia en toda su plenitud, que busca amar, manifestarse, ser. Una semilla que apremia a brotar, crecer y desarrollarse plenamente. Esa semilla es el Sí mismo, el centro del Ser, la imagen verdadera de nosotros mismos, la unidad de crecimiento de la persona, el principio unificador, organizador y guía que proporciona dirección y sentido a la existencia. Esa semilla se nutre del silencio, de la presencia despierta y de la conciencia de la respiración, del flujo y reflujo de la inspiración y de la espiración en el momento presente. Pura vida. La conciencia de que, aquí y ahora, estamos vivos.

 

Texto original © Ascensión Belart.

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