La divina impermanencia

© Aina Climent Belart

© Aina Climent Belart

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar. A. Machado.

El verano pasado fue para mí un tanto complicado porque murió mi madre. Al mismo tiempo, una persona muy allegada a mí se encuentra desde hace varios meses en un proceso de enfermedad terminal. Estos hechos coincidentes me llevaron a una noche oscura al confrontarme, no solo con la impermanencia, la vulnerabilidad y las pérdidas en general, sino con mi propia muerte y, como no podía ser de otra forma, también con la vida. Una vez más, tomo plena consciencia de la impermanencia de todos los fenómenos y la finitud de toda existencia.

Todo es efímero y transitorio, nada permanece, todo se desvanece. Como dice Eckhart Tolle: “Incluso el Sol morirá”. Esta verdad puede generarnos incertidumbre y angustia existencial. Ahora bien, en realidad tomar conciencia de la impermanencia nos libera del sufrimiento. Asumir e integrar que todo cambia y nada es permanente nos desafía a vivir fluyendo como las mareas, el viento y las nubes en el cielo; a contemplar la existencia como un bello crepúsculo que acontece y se desvanece. Desde la evidencia de la impermanencia, cada momento es singular, irrepetible y sagrado. Sólo nos queda decir hola y adiós; hola y adiós con amor y desapego. Adiós al día que concluyó y hola al día que comienza. Adiós a las hermosas flores que nos acompañaron y se marchitaron; adiós a una etapa que se cerró, a un amor que se terminó.

Al incorporar la conciencia de la impermanencia en nuestras vidas vivimos constantes muertes. Todos los fenómenos aparecen y desaparecen como ocurre con los sueños al despertar. Todo se disuelve conforme surge, momento a momento. Vivir conscientemente es honrar el sagrado lugar y momento dónde nos encontramos. Podemos resistirnos a esta realidad y sufrir o vivir con desapego la divina impermanencia. El Budismo está basado en la experiencia de la impermanencia y finitud de todos los fenómenos: “Todo lo que está sujeto a nacimiento está sujeto también a desaparecer”. Todo es caduco, pasajero y efímero. De ahí que el apego sea el origen de un innecesario  sufrimiento y que la Gracia de la vida se encuentre en el momento presente, lo único que tenemos y está lleno de posibilidades.

Cada noche es un ejercicio para abandonarnos y entregarnos a lo desconocido, una pequeña muerte que nos lleva a otro estado de conciencia. Y para ello, es preciso dejase ir, entregarse con desapego, sin miedo ni resistencias. Cada noche es un ensayo para el adiós definitivo. La vida se renueva y prosigue. ¿Cómo quieres vivir? ¿Cómo quieres morir? Ciertamente en la vida estamos diciendo hola y adiós constantemente. Sólo queda rendirse. Rendirse y atreverse a expandir el corazón a cada momento, en vez de cerrarnos y contraernos. Tengo la certeza de que la vida es un poco de tiempo para que aprendamos a amar. Ese es su único y verdadero sentido. Tenemos la oportunidad de aprender a AMAR. Y para ello es indispensable soltar lastre, limpiarnos de las cargas y condicionamientos del pasado, sanar nuestras relaciones, honrar al padre y a la madre, sanar la relación con uno mismo, perdonar. Muchos estamos sanando, comprometidos hasta la médula en nuestro proceso de autoconocimiento y sanación.

La vida de todos es un dharma, una enseñanza, y la muerte nuestra mejor maestra. La vida es un sueño preñado de momentos efímeros que como sueños se desvanecen. Por eso es bueno recordarnos que “Esto también pasará”. Somos un abismo que va hacia otro abismo, escribió, Pessoa. Necesitamos tener más conciencia de los ciclos y de los finales, y una buena disposición a cerrar los ciclos. Todo es efímero como la leña que arde en la chimenea, como las sutiles flores que aletean en el almendro. Negamos esta realidad, rechazamos o nos apegamos a algunos hechos y circunstancias, nos resistimos al flujo de la vida e intentamos agarrarnos o nadar contra la corriente. La resistencia y el apego ante una realidad cambiante nos hacen sufrir enormemente.

Vida y muerte, y entre ambas, el Camino. ¿Cómo camino? ¿Hacia dónde camino? Nos queda elegir fluir con la vida sin oponer resistencia ni apegarnos a personas, hechos o circunstancias. Vivir sin miedo, rechazo ni apegos. Aceptar los ciclos y transiciones, las diferentes etapas, edades y ciclos de la vida, de la condición humana. Morir para renacer, una y otra vez. Hacerse amigo de la impermanencia, del devenir, de la fugacidad y de los cambios. En definitiva, hacerse amigo de la muerte y ejercitar con sinceridad la sonrisa del desapego antes del último adiós.

Mientras, en ese interludio, compartir, servir, comprender, sentir, amar. Hacer el bien y cultivar la paz. Reír y llorar. Proyectar una realidad bondadosa. Ganar terreno al inconsciente, no poner obstáculos y dejar que brille nuestra luz. Ahora bien, nos protegemos y nos blindamos a la vida olvidándonos de cómo vibramos y sentimos cuando nos permitimos abrirnos y exponernos. Necesitamos vibrar más amor y menos miedo, porque no hay nada que temer. Es bueno vivir en el eterno presente, estar en paz con el ahora aceptando cada circunstancia cómo si la hubiésemos elegido.

© Aina Climent Belart

© Aina Climent Belart

Estoy aquí, conmigo, en la conciencia de la impermanencia y la fugacidad de todas las circunstancias, escenarios y sentimientos. En la conciencia de lo sagrado de cada instante y la conciencia de los ciclos de la vida. Fluyendo con desapego momento a momento, de situación a situación, aceptando profundamente aquello que acontece. Miro las fotos que del pasado que me traen vívidos recuerdos de lo que fueron instantes del presente. Sé que es esencial incorporar el desapego a nuestra vida, en caso contrario nos encontramos con el dolor que nos produce la resistencia, el miedo y el vacío que tanto nos esforzamos en rechazar. La muerte puede ser lo mejor que nos puede pasar en un determinado momento. Ciertamente, hay también un placer en los finales, en la disolución y la liberación. Al reconocer que no somos nuestro cuerpo ni nuestra mente emerge nuestra verdadera naturaleza, nuestra alma inmortal.

Aquellos que están muriendo nos dan la oportunidad de confrontarnos con la enfermedad y la muerte, de ejercitar la empatía y ponernos en su lugar, de vivir la muerte vicariamente. Nos proporcionan la oportunidad de acompañarlos, cuidarlos, perdonarlos y seguir creciendo en amor, luz y conciencia. La oportunidad de despedirnos con amor y no con miedo, de celebrar la Vida. Es normal sentirnos inseguros, que no controlamos, expuestos. Sentirnos vulnerables, con el corazón abierto, tierno y expuesto a la vida. Como canta Manolo García: Expuestos al amor. Expuestos al llanto, a la nostalgia, a la risa y al dolor. En verdad, estamos expuestos a la vida cuando no nos cerramos, cuando nos dejamos conmover por lo que sucede y desde la entrega incondicional dejamos que la vida rompa la coraza de nuestro corazón una y mil veces. Sin embargo, preferimos construir muros alrededor de nuestro corazón y luego nos preguntamos por qué nadie nos ama.

Y me digo: pase lo que pase me tengo a mí. Pase lo que pase, estoy conmigo sin condiciones. Estoy de mi parte apoyándome, cuidándome, orientándome, dejándome fluir, conectada a mi corazón. Estoy consciente, atenta, presente, acogiéndome, sosteniéndome. Al menos me tengo a mí. Descanso en el sagrado instante dónde me encuentro. Conmigo me encuentro en el silencio y en el silencio encuentro a Dios. Me acomodo, respiro y suelto. Creer es crear, por eso creo mí día a día y elijo creer que lo que viene conviene.

Verdaderamente, las pérdidas nos despiertan, sacuden y conmueven. Nos recuerdan que todo está en continuo movimiento, que somos seres finitos y vulnerables, que no hay nada a lo que agarrarnos, nada que nos proporcione seguridad y sostenga definitivamente. Únicamente podemos dejarnos descansar en nuestro tierno, cálido y vulnerable corazón. Vivimos en la incertidumbre existencial, en el filo de la navaja, en el canto de la moneda, entre dos aguas. Ahora bien, como dejó escrito el poeta y místico sufí Rumi La herida es por dónde entra la luz”. La herida es todo aquello que nos transforma, nos transfigura, conmueve. La vida es un valioso regalo precisamente porque cada momento es único e irrepetible

Soy consciente de las perennes polaridades de la vida: inspiración-espiración, flujo y reflujo, contracción-expansión, contacto-retirada. Hay vida y hay muerte. Hay destrucción y renovación. Hay miedo y amor, placer y dolor, soledad y comunión. Inspiro y espiro. Siento el bombeo de mi corazón, la sístole y diástole. En el filo de la navaja me pregunto: si voy a morir, ¿dónde está mi alma? El filósofo y maestro espiritual Krisnamurti expresó como nadie la esencia del desapego al decir: “Mi secreto es el siguiente: no me importa lo que suceda”. Podemos transformar la incertidumbre, la rabia, el miedo y el dolor en amor a cada momento. Dado que dónde hay miedo no hay amor, podemos soltar el miedo y convertirnos en amor. El amor es entrega, comprensión, gratitud y perdón. Amar es estar presente para el otro. Ver la propia bondad y la bondad del otro. ¿Qué hay detrás del enfado, del miedo, de la prepotencia, de la arrogancia, de la culpa y del dolor? Detrás de todo ello está el Yo verdadero, el Sí mismo, la bondad y pureza primigenia, nuestro rostro original.

Si la angustia es la energía amorosa reprimida, la entrega incondicional es el antídoto. Cuando nos entregamos al instante presente con plena disposición amorosa la vida se nos revela extraordinariamente valiosa. Vivir verdaderamente es permanecer expuestos a la vida. Cuando nos acercamos a la muerte nos llenamos de vida porque tomamos conciencia de la realidad de la muerte. La muerte es paz, silencio, vacío, luz, plenitud. Únicamente el amor puede subyugar a la muerte y a la impermanencia, y nos acerca a la inmortalidad. El amor manifestado, el amor expresado queda inscrito en el cuerpo y en el Espíritu de aquellos a los que hemos amado, y es lo que perdura; se trasmite de generación a generación a través de los tiempos, de nuestros ancestros a nuestros descendientes. Ese amor nos trasciende.

VIDEO  https://www.youtube.com/watch?v=Ckulz6XTXnw

Texto original © Ascensión Belart.

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11 pensamientos en “La divina impermanencia

  1. Como un remolino me envuelve y me envuelvo en tus palabras. Hablas de lo trascendente, del amor, muerte, vida, dolor…sentimientos que me llegan todos, me rompen, me zarandean y me abrazan, y entre toda la avalancha de sensaciones, todas repetidas tantas veces, me siento inmensamente sola,vacía y exhausta. Y así, en el camino del conocimiento, de la conciencia y de la consciencia, me pierdo. Y cuando creo que la ola me acerca más a la orilla, viene otra mucho más fuerte, golpeando duro y vuelve alejarme nuevamente. Y en este ir y venir pienso… de verdad esto es la vida? Por supuesto, no. Esto es, mi vida.
    La muerte como bien dices, se muestra como señal inequívoca de impermanencia, debería pues concedernos a todos poder sentir el aliento de la vida, la percepción en la maravilla de las pequeñas cosas, la plenitud de cada instante, pero mala jugada, porque pocas veces es así. Afortunada tú que en los momentos de declive, de abandono, de incertidumbre, tienes la suficiente claridad para afrontar tus dudas, miedos y ausencias, hallando tu centro.
    El Amor hacia uno mismo es primordial, sí, por supuesto que sí, pero no creo que sea suficiente, quizá porque tengo la sensación que a veces venimos con una carga muy muy pesada de lejos, de otros tiempos, no sé, es extraño.
    A mí que la vida me hizo de cristal y acero te digo, que la luz escasea en mis rincones y que ese mar de olas al que pertenezco lleva tiempo arrastrándome más y más hacia el océano. De tal manera que lo único que para mí es real, lo que percibo en este momento, es el intento continuo de permanecer a flote el mayor tiempo posible y aguantar la respiración cuando la ola me arrastra al fondo con fuerza y salir una y otra vez a la superficie, en el flujo y reflujo de cada marea.
    Será también, que llevo demasiado tiempo buscando el equilibrio, pero… quién sabe, tal vez mañana el mar esté calmado y consiga por fin, subirme a la ola.

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  2. Magníficas reflexiones maravillosamente elaboradas y que ayudan tanto en el difícil proceso de aceptación del ir y venir, de la innevitable impermanencia. Gracias mil por ofrecer esta oportunidad a tantas personas que sabemos de la necesidad de trabajarnos.

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