En íntima conexión

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© Aina Climent

Dijo Lao Tse: Cuando te des cuenta de que lo que le haces al otro te lo haces a ti mismo, habrás entendido la gran verdad”.

La dinámica inherente a la Vida es la integración de las polaridades, lo que significa ir de crisis en crisis, como en el juego de la Oca. Hay un hecho: si me impaciento ante una situación, me impaciento. Si me enfado con algo o con alguien, me enfado; si me preocupo ante lo que pueda suceder, me preocupo. Si me amedranto ante algunos hechos, me amedranto; si me entristezco, me entristezco… y así sucesivamente. Suena a verdad de Perogrullo pero es una verdad como un templo. A veces nos enganchamos a un estado de ánimo, alimentamos la rabia, el dolor, la pena o el malestar; nos cargamos de rencor, impaciencia, miedo o ansiedad. Literalmente lo alimentamos. Nos enrocamos y enganchamos para defender un estado de ánimo o una postura, y nos hacemos daño. Vendría a ser como regañar, amedrantar, preocupar o fomentar el enfado de un niño, ¿qué sentido tiene?

En muchos de mis artículos y en la consulta hablo la parte emocional o niño interior, de la unidad mente-corazón y de la parte adulta que ha de hacerse cargo del niño. Me parece un binomio cuya unidad, coherencia interna e integración es de una importancia extraordinaria y valioso indicativo del equilibrio emocional de la persona. No es exagerado afirmar que la gran mayoría de los desajustes y dificultades se pueden explicar a través de la inexistente o parcial conexión entre los integrantes de este binomio. Ahora bien, como dijo Hellinger: “El camino más largo en África no es el camino de El Cairo a Ciudad del Cabo sino de la cabeza al corazón; y de ahí al Aquí y Ahora“.

Uno mismo ha de ocuparse de calmar su corazón, de ponerse en paz, sintonizarse y ser empático y compasivo consigo. Cada quien puede ayudarse a ver otra perspectiva, poner conciencia sobre todo lo que vaya aconteciendo, ver cuál es la propia responsabilidad en lo que haya sucedido, con que patrones se ha interactuado…, hasta serenarse. Es decir, no sólo hay que sanar el dolor del niño interior en el pasado, sino elaborar todo aquello que le vaya afectando a cada momento, lo que le remueva, desoriente, asuste, enfade, duela o entristezca. Y aprovechar el tiempo entre crisis y crisis para reordenarse, resintonizarse, reformatearse y reiniciarse.

Las emociones son algo intrínseco al ser humano, somos seres emocionales, en palabras de Maturana vivimos emocioneando. Etimológicamente, el término emoción viene del latín emotĭo, que significa “movimiento o impulso”, “aquello que te mueve hacia”. Precisamente por eso no hay que estancarse en ellas, hay que drenarlas y trascenderlas para traspasarlas. Así pues, las emociones son tránsitos, fenómenos que nos llevan a otra parte, ríos de lágrimas, caminos de fuego, vendavales y tormentas de polvo o de nieve. Ahora bien, ¿no estamos mejor cuando recobramos la calma después de la tormenta? La gracia de las emociones es fluir con ellas, atravesarlas, transitarlas y transformarlas en paz interior, confianza y amor incondicional hacia uno mismo y en una octava superior hacia todos los seres que nos rodean.

Nos confundimos cuando pensamos que el otro me enfada, o me hace enfadar, lo cierto es que soy yo la que se enfada, la que elige enfadarse o permanecer enfadada, y cuando lo hago me daño a mí misma. De la misma manera en que en muchas ocasiones nos montamos gigantescas norias, coloridos tiovivos y montañas rusas emocionales, de igual forma podemos bajarnos y serenarnos, respirar profundamente y recobrar la paz interior. Cada uno puede hacerse cargo de sí mismo y calmar a su niño interior, acogerle, escucharle o simplemente estar presente en lo que siente. La presencia es sanadora en sí misma.

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© Aina Climent

Nos abandonamos cuando nuestra mente se enreda en velos ilusorios, en recuerdos sobre el cómo podría haber sido el pasado o en fantasías y preocupaciones sobre el futuro. Nos dejamos de lado cuando nos perdemos en la mente pensando lo que pensarán los otros, en cómo nos ven los demás o en lo que podría suceder. En cuanto me hago presente y estoy en mi cuerpo respirando, conectada a mi corazón dejo de añadir más dolor emocional y puedo ir apaciguándome hasta serenarme, y mi niña puede esbozar una sonrisa relajada.

La mente abandona al corazón cuando se va por otros derroteros, cuando se evade y se pierde en pensamientos sobre personas, hechos, situaciones pasadas o futuras, -futuribles los llaman-, lo que resta energía y el corazón se apaga, se amilana, se desvitaliza y a veces queda hecho un verdadero guiñapo. Estar presente en la experiencia momento a momento es hallarse en íntima conexión y constituye el camino para recobrar la propia energía, el poder y la vitalidad. Y para ello hay que parar, silenciarse para escucharse, serenarse, callar. Permanecer en la quietud para crear un remanso de paz.

Si nos cuesta estar en íntima conexión a solas, en las relaciones de pareja esto se complica sobremanera. Cuando existen desencuentros, discusiones y conflictos añadimos más leña al fuego al defendernos o atacar, al justificarnos o irritarnos ante el comportamiento del otro. En ocasiones nos obsesionamos y en otras optamos por intentar “ayudarle” a que se pacifique o clarifique, porque nos sentimos culpables o para acortar distancias, y esto tampoco funciona. Es como las instrucciones de los aviones: “ajústese correctamente su mascarilla antes de intentar ayudar a otros”. En síntesis: sólo uno mismo puede calmar a su corazón.

Así pues, ante los conflictos lo mejor es que cada quien se ocupe de calmarse, de ver que ha sucedido, dónde se ha excedido o se ha equivocado, que vea, tome conciencia y aprenda su lección, que acepte su responsabilidad y se ponga en paz. Si tomamos como ejemplo la imagen de la famosa escultura Love, cada uno ha de ocuparse de su niño interior: cogerlo, calmarlo, reconectarse y ponerse en paz.

Es lo que hace ya tiempo denomino “hacer el el 8”.

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Ponerse en paz significa que uno no alimenta su enfadado, ni se castiga o reprocha una y otra vez por lo que hizo o dijo, significa que lo acepta deportivamente, como si fallara un tiro a la canasta o la postura de yoga no queda perfecta. Nos se regaña a los niños una y otra vez, ni se insiste hasta la saciedad, se ve o expresa con claridad y se deja estar. Apretar y soltar -sin machacarse-, esa es la clave. Hemos de practicar este trato con uno mismo y con el otro, y así los conflictos que inevitablemente se generan en las relaciones humanas y que en realidad son una oportunidad para crecer e integrar opuestos complementarios se simplifica.

Presionar al otro, insistir, querer que cambie su sentimiento o perspectiva enreda y complica enormemente las cosas, se lía aún más la madeja energética, los nudos y los embrollos emocionales, con el consiguiente sufrimiento de todos. Hay que decir: “me rindo”. Dejar las luchas de egos, los pulsos y la pelea por la energía. Rendir el ego, soltar el cable de guerra… y que cada palo aguante su vela. Nadie se salva solo pero sólo tu te puedes salvar.

Vuelvo a mis dichosos ochos. Es preciso hacer el ocho una y otra vez, movilizar la energía para que fluya indivisa, sin fugas, en íntima conexión, lo que evita un sinfín de problemas. Esta es la prioridad: cada uno a lo suyo. Y la relación toma la forma del símbolo del infinito, que fluye libremente entre ambos. Ya habrá tiempo de fusionarse en la intimidad para volver otra vez al punto de partida, al ocho primigenio. Es el ir y venir de la dinámica sana: contacto-retirada.

Idealizamos la relación de pareja y nos perdemos en ella. Lo cierto es que nos centramos y nos encontramos en el ocho: el niño y el adulto, bien cohesionados, unidos, amigos, conectados. Juntos en las duras y en las maduras. Comprometidos en asumir la responsabilidad y la libertad de la propia vida con valentía y desapego.

Jung dejó escrito: Quien mira hacia afuera, sueña. Quien mira hacia adentro, despierta“. Desde estas líneas hago una invitación a despertar, a alimentar el alma, a cultivar el santo ocho en el aquí y ahora. A experimentar que el verdadero hogar está donde está nuestro corazón. Y para ello es indispensable la MEDITACIÓN, la conciencia de la RESPIRACIÓN, la PRESENCIA. Es preciso canalizar la propia energía para realizar la misión que hemos de realizar, con la confianza en la mirada benevolente del Universo. Sólo podremos vivir una vida plena y amar sin condiciones cuando nos amemos incondicionalmente. Únicamente desde esa íntima conexión puede brotar el verdadero y dulce amor que todos anhelamos, y crear y experimentar las relaciones del alma.

En palabras de Rainer Maria Rilke: “El amor que consista en que dos soledades se protejan, se deslinden y se saluden mutuamente…”

Texto original © Ascensión Belart

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