En el ápice del alma

Thomas Rowlandson

Thomas Rowlandson

 

Que llegue quien tenga que llegar, que se vaya quien se tenga que ir, que duela lo que tenga que doler… que pase lo que tenga que pasar. Mario Benedetti

Somos muchos los que anhelamos una relación en la que revelar la propia alma, una relación a la que entregarnos, en la que compartirnos y seguir creciendo. Ahora bien, es un hecho que todo lo que empieza tiene su final, por lo que antes o después llega el momento de decir adiós. Nos acompañamos un tramo del camino hasta un cierto lugar. A veces sencillamente no se puede continuar, los egos ganan la partida, no se termina de encajar, no se respeta la individualidad. Uno se siente extenuado, frustrado y vacío, por eso se queja, protesta y se enfada, posiblemente porque no se ha sido honesto y fiel sí mismo. Se han hecho demasiadas concesiones, se esperaba del otro aquello que no podía dar, o bien no se han respetado verdaderamente las necesidades y los anhelos del alma. Entonces llega el amargo momento de decir: nos rendimos. Hicimos lo que pudimos, no supimos más.

Hay maneras sutiles de encadenarse, de controlar, de poseer, de manipular. Hay maneras sutiles también de abandonarse. Si la relación te baja la energía, te agobia, si no te da alas para volar, es dependencia. Si te apagas a su lado, si te pesa y te desvitaliza, si no te da fuerza no es amor del bueno… es dependencia. En el proceso hay desilusiones, decepciones, desgaste, frustraciones, distanciamiento, desconexión. Hay expectativas, necesidades y deseos no cumplidos; hay traiciones, heridas no reparadas que generan desamor y falta de confianza. En las relaciones a veces separa más todo aquello que no se llega a decir que lo que se dice de cualquier manera.

Entregarse, si, pero ¿cómo te vas a entregar si no confías en que te van a sostener cuando más lo necesitas? El corazón necesita fe para mantenerse abierto, necesita confiar. Hieren los enfados y los desplantes, y también hieren la dejadez y las agresiones pasivas. Lo cierto es que para amar bien tienes que amarte completa e incondicionalmente, sentirte libre, no traicionarte. Cada quien tiene que estar centrado en sí mismo, girar sobre su propio eje, estar motivado con su propósito y sentido de vida. En caso contrario, cuando cada uno no se ocupa de sus necesidades, se auto motiva  y nutre a sí mismo se instaura la competitividad y las luchas de poder. Definitivamente, tu pasión no puede ser el otro, y hay cosas que no se quieren ver.

Es bueno decir adiós a todo eso sin demasiado apego, anhelo, añoranza o rencor. Soltar y decir adiós con amor y gratitud. Nos arriesgamos a vivirlo y lo vivimos hasta que se terminó. En verdad, asumir la responsabilidad de lo que pasó es de valientes, genera consciencia, nos libera y hace crecer. Por el contrario, el rencor es preferir no asumir la propia responsabilidad de lo que sucedió, elegir sentirse víctima y culpar al otro. Cuando se agota el crédito de la confianza inicial el campo queda anegado o quemado y estéril. Cuando no te sientes apreciado y valorado; cuando para el otro eres un generador de energía y te conviertes en su motor, te vas desgastando, ya no eres tú. Conviene reflexionar sobre lo que sostiene el amor, lo que da alas al amor y lo que debilita y marchita el amor.

En el ápice del alma. Varada en la ensenada. Engullida por el tsumani emocional surgen imágenes, recuerdos  de momentos hermosos, de otros menos buenos, y algunos más, dolorosos. Los buenos se disfrutaron, los menos buenos generan valiosos aprendizajes residuales. Es necesario perdonar y perdonarse. Expresar: lo siento, perdón, gracias, te amo. Valorar todo aquello que os disteis el uno al otro y reconocer todo lo que no se pudo dar. Y sanar el dolor con amor, porque no hay cura para el amor, el amor es la cura. Ahora sé que coincidir es un lujo y conectar es un milagro. Y que el principio contiene el germen del final (el uróboros). Y el final es la culminación de un proceso. Ahora bien, hay adioses… y adioses. Decir adiós con amor y gratitud es signo de madurez. En todo lo que hacemos, nos mostramos.

Entonces nos vemos abocados a un proceso de duelo, a un détox emocional, a un détox alquímico imprescindible para destilar todos los restos de los residuos emocionales que la combustión del encuentro entre ambas personas generó. Entonces hay que recoger los girones de los sueños rotos para remendarlos, insuflarles nueva ilusión y echarlos a volar. Amar, sostener, mecer las ilusiones desvanecidas, hechas añicos, para sanarlas y darles una nueva vida, y renacer transformando la tristeza y el dolor en puro amor.

La vida es para los valientes, para los que saben que van a morir. Se necesita coraje para afrontar cambios y atravesar tránsitos y pérdidas. Por encima de todo, hay que amar el propio proceso, el espíritu del despertar, y ser honestos y sinceros para recuperar el propio poder y la brújula interior. Nos perdemos y volvemos a encontrarnos las veces que haga falta. Y nos decirnos: no estoy sola, estoy conmigo. Me tengo a mí.  Hay que olvidarse del espejismo del amor eterno y apreciar el valor de la impermanencia en la plena conciencia de la fragilidad de cada instante. Sabernos impermanentes nos hace vulnerables. La vulnerabilidad es una cualidad intrínseca a la vida.

Si la impermanencia da valor y grandeza a cada momento, la confianza alivia en el proceso de desapego. Si te resistes, duele más. La falta de confianza genera sufrimiento en el desapego. Ahora sé que el miedo a ser considerados “malos” nos encadena y victimiza, nos deja expuestos a un juego manipulador. No quiero cortarle a nadie las alas, y viceversa. Tampoco quiero que nadie se me cuelgue. Porque es darse, no colgarse; darse, no apropiarse;  darse, no dar por hecho. Necesitamos sabernos libres, completos y vulnerables.

Libre y completa sigo mi camino, y a ti te deseo buen camino. Es momento de sostener la propia soledad, sostener la propia vida y finitud. Entonces, si este proceso me lleva a ser más libre, a ser más consciente aún de la impermanencia de todos los fenómenos, más consciente de la fragilidad y preciosidad de cada instante, a aceptar la incertidumbre como característica intrínseca a la existencia y a experimentar un amor magnánimo, lo agradezco y doy por bueno.

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Caspar David Friedrich

 

Las pérdidas nos despiertan,  nos conectan con la vulnerabilidad inherente a la vida, nos dejan a flor de piel, nos llevan a reconocer que la seguridad que buscamos es pura ilusión. La única seguridad es fluir en el devenir, fluir de instante en instante, sintiendo la vulnerabilidad de un corazón abierto a lo que la vida nos depara momento a momento. Sentir la vida. Dejarnos tocar por la vida. Necesitamos honrar los procesos, los duelos y las pérdidas. Y apreciar, valorar y agradecer los momentos que se han compartido en la relación para sanar. Porque el amor es el mejor antídoto contra el dolor.

Tú eliges: amor o miedo. El amor es creativo, constructivo; el miedo es restrictivo, destructivo. El miedo genera juegos manidos, ya caducos; innecesarios juegos que empobrecen y debilitan la fuerza del alma. Amar sana, libera, energetiza. Es hora de discernir entre “querer” desde la carencia de los egos, y “amar” desde la plenitud del ser que se es. De experimentar un amor incondicional que brota desde el interior, que se expande y se irradia, no un amor absorvente, que te vacía. Recuerda que no somos vasos comunicantes.

Ahora me necesito más que nadie, me entrego a mi proceso, honro y disfruto mi tiempo en soledad, soy la soberana de mi vida. Asumo mi poder y mi libertad, asumo la responsabilidad de mi vida. Es tiempo para tomar conciencia: integrar sombras, recoger proyecciones y lograr la anhelada paz entre el masculino y el femenino. En verdad, hay una profunda e íntima plenitud en la soledad y es bueno experimentarla en algún momento, saborearla, amarla. El lugar para saber lo que queremos, necesitamos, merecemos; lo que nos inspira, a lo que aspiramos y queremos aportar al mundo. El lugar para sanar y preparase para tomar el riesgo de decir: te amo.

Elijo AMAR a sabiendas que todo está destinado a desaparecer, que todo es impermanente y cambiante. Amar a riesgo de volver a perder, a que se me rompa otra vez la coraza del corazón, porque amar engrandece el alma y genera alegría y felicidad. Ahora sé que el compromiso y la entrega no están reñidos con la libertad. Que puedo estar comprometida a la par que libre, porque si no me siento libre no puedo entregarme y no puedo dar lo mejor de mí. Sentirme libre es el anhelo de mi alma. Libre de ataduras, dependencias, cargas y obligaciones.

Libre y ligera. Libre de miedos, de culpa y apegos me dispongo a vivir las relaciones desde la libertad, fluyendo en el eterno ciclo vida/muerte/vida. El perenne trio VIDA, AMOR Y MUERTE. Observo la muerte como telón de fondo, la mejor consejera y maestra. Temps fugit. Se nos escapa el tiempo. Tiempo es el tesoro que tenemos mientras estamos vivos. ¿Qué hacemos con él? Ahora, es tiempo de renacer, de volver a la vida. No olvidemos que nuestra alma sabe lo que hace, que nuestra alma nos busca y nos encuentra en soledad para conducirnos hacia nosotros mismos, hacia nuestro destino. Escuchemos el llamado del alma, los mensajes de nuestra scintilla o chispa divina, cuidando de que el ego no se entrometa demasiado y nos distraiga de nuestro camino hacia la totalidad en nuestro proceso de individuación.

YΘ SΘY

Como colofón, os dejo una escultura en movimiento  del ciclo contacto-retirada: atracción, aproximación, acercamiento, encuentro, contacto, deseo, conexión, fusión, intimidad, placer, intercambio, integración, despedida, individuación. 

art by Tamara Kvesitadze 

Texto original © Ascensión Belart
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2 pensamientos en “En el ápice del alma

  1. Nos apegamos a las personas, apego emocional y no queremos salir de ese circulo, vamos a herir y no queremos, ansiamos la paz y hacemos todo lo posible por estar lúcidos pero somos nosotros lo q salimos encadenados, romper esas cadenas es complicado…la vida se gana por hacer feliz a la gente y algunas veces perdemos, sabiendo q estamos perdiendo.

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