Meditar es ir hacia el centro (II)

16 junio, 2010

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En la práctica de la meditación soltar es imprescindible, fundamental. Soltarlo todo, desprenderse de todo, morir una y otra vez en el cojín. Dejar de aferrar, relajarse y crear espacio, sin esfuerzo. En una actitud alerta y a la vez relajada, soltando pero manteniéndose firme y despierto se conecta con el vacío, con el centro o tesoro interior, accediendo a la intimidad con uno mismo. Sin detenerse en nada, sin estancarse, únicamente sentarse y dejar pasar.

Cuando empezamos a practicar la meditación por primera vez parece que la actividad mental se haya incrementado, pero en realidad lo que sucede es que hay más conciencia de los pensamientos. Hay que dejar que las oleadas de pensamientos y sentimientos surjan y se desvanezcan, no seguir tras ellos sino permitir que vengan y se vayan. La mente es como un jarro lleno de agua fangosa que no hemos de remover sino dejar que el lodo repose y se vaya al fondo, de manera que arriba quede el agua clara.

Abandonamos las expectativas egoicas y centramos la atención en la postura y la respiración, así la conciencia se libera de la tiranía de los pensamientos y obsesiones y empiezan a abrirse espacios vacíos de pensamientos. Se trata de crear una discontinuidad o brecha en la corriente mental, de prolongar el espacio entre dos pensamientos.

De un continuum mental: ……………………………………………………………………………………………………………….

Pasamos a otro que es:

………   ………    ………       ……..     ……..     ………..   ……..     ………       ……   ……

Ha de ampliarse el espacio entre pensamientos sin aferrarse a las sensaciones agradables ni rechazar las desagradables; sin tratar de quedarse en ningún sitio, experimentando el estar presente hasta que no hay un yo ni un tú, ni dentro ni fuera. Generalmente nos aferramos a lo conocido y agradable y rechazamos lo nuevo o desagradable. Sin embargo, en ambos casos hay que observar, hacerlo consciente y dejarlo marchar. Ver, identificar, soltar y dejar ir. Intentar asirse a un pensamiento o sentimiento es como «querer coger la luna en el agua».

Dirigimos la luz de la atención hacia el interior para iluminar nuestra esencia. Simplemente estar, simplemente sentarse. Dejamos de luchar con nosotros mismos y nos relajamos en lo que es, reconociendo, aceptando y dejando pasar pensamientos, sentimientos y sensaciones.

Como se dice en uno de los libros más antiguos zen, el sutra del Shin jin mei:

La vía no es fácil ni difícil,

basta con no elegir ni rechazar.

Cuando no se elige ni se rechaza,

la verdad aparece delante de nosotros.

Una y otra vez, aún en el aburrimiento, la irritación o el dolor, hay que ver lo que surge y dejarlo ir. Al ver lo que aparece respiración a respiración tomamos conciencia del funcionamiento de la mente, aprendemos a ver qué surge  momento a momento, lo que representa un poderoso entrenamiento para la vida cotidiana. Ejercitamos una mirada interior ecuánime, que no se queda fijada a hechos ni emociones, que no se aferra a tener razón o estar equivocada; una mente libre, exenta de juicios y opiniones.

Meditamos para ver qué sucede en nuestra mente, observamos los pensamientos dejándolos pasar, sin aferrarnos, volviendo una y otra vez a la postura, a la respiración, al hara.

Respecto al tiempo que dedicamos a la práctica de la meditación, se puede empezar por veinte minutos para llegar a media hora o cuarenta minutos, preferiblemente por la mañana y por la noche. Al acabar, nos levantamos despacio, sin brusquedades, para llevar esa atención a lo cotidiano.

Meditamos para abrirnos al aquí y ahora, para estar más despiertos en nuestra vida. Buda significa «el despierto» y meditar es practicar el arte de despertar. En realidad, el sentido de la meditación es llevar ese estado a nuestra vida cotidiana, prolongar el estar plenamente despiertos y presentes en todos y cada uno de nuestros actos. Otorgar esa amplitud, serenidad y silencio a todos los momentos y ámbitos de nuestra vida, bien enraizados en el aquí y ahora.

Vivimos en la ignorancia de lo que somos realmente, como sonámbulos, dormidos en ensoñaciones sobre el pasado y el futuro, preocupados, insatisfechos y temerosos. Despertar es darse cuenta del mundo esencial, entrar en el instante en la vida cotidiana, instalarse en el ahora.

En algún momento hay que elegir, seleccionar un camino y un maestro de entre las diferentes posibilidades y seguir con determinación aunque surjan dudas. El viaje espiritual exige la apertura del corazón, requiere perseverancia y un verdadero compromiso, paciencia, humildad y coraje. Supone encontrar la senda espiritual que más inspire, y hacerse la pregunta que se le proponía a Castaneda en Las enseñanzas de Don Juan: «¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve».

Para recorrerlo es imprescindible una actitud de amistad incondicional con nosotros mismos, de amor compasivo y también cierta dosis de humor. Ha de profundizarse en la vía elegida, sin salirse a la primera dificultad, sin desalentarse y sin hacer gala de un «consumismo espiritual», con una actitud abierta, tolerante y respetuosa hacia otros caminos.

La espiritualidad significa estar presente, con el corazón abierto y receptivo, en actitud compasiva ante el dolor del mundo, entregados y comprometidos con la vida, amando cada vez con mayor profundidad, en contacto con los demás, con sencillez y simplicidad.

Es importante contar con las enseñanzas de un guía espiritual que nos enseñe un camino que conoce; que nos dirija, apoye y guíe ante las incertidumbres y obstáculos que inevitablemente irán surgiendo. Un verdadero maestro se reconoce en primer lugar porque proviene de un antiguo linaje de enseñanzas de maestro a maestro, de corazón a corazón, de mente a mente, generación tras generación. Signos de ello son que sea compasivo, comparta su sabiduría, no abandone, no manipule, sea humilde, alegre y con sentido del humor, y que encarne el amor, la verdad, la presencia y la sabiduría de las enseñanzas.

Se dice que «Cuando el alumno está preparado aparece al maestro», y así sucede. Es como un acto mágico o una sincronía cuando se da el momento de conocer a aquel que es un espejo claro donde mirarnos. Para ser un buen discípulo hay que estar receptivo a sus enseñanzas, con humildad, respeto, sinceridad y gratitud. Impregnarse de la sabiduría y espíritu del maestro, y confiar en él o ella.

A través de la meditación y de las enseñanzas comprendemos que todos los fenómenos son impermanentes, que las circunstancias no son eternas. Todo tiende a desaparecer. Somos seres en proceso y hay aspectos que nacen y aspectos que mueren, como al fin será nuestro destino. Nuestro sufrimiento proviene de aferrarnos a hechos, personas, situaciones, ilusiones y expectativas. Nuestras mentes agitadas están insatisfechas porque nos falta serenidad, tranquilidad y libertad interior. Sin embargo, el sufrimiento existencial puede superarse mediante una práctica espiritual que nos permita acceder a nuestra naturaleza original. Vivir el día a día con una mente tranquila y ecuánime, entrenada por la meditación, una mente serena ante cualquier experiencia. Se dice que Buda murió experimentando el Samadhi, la paz y la serenidad del alma fruto de la vía de la meditación.

Texto original © Ascensión Belart.

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