Separarse es decir adiós

14 enero, 2014

Foto © Aina Climent Belart

Foto © Aina Climent Belart

La gran mayoría de los  hombres y las mujeres conocemos el “mal de amores”. Todos pasamos alguna vez por la separación en una relación de pareja, e incluso varias veces. Separarse es una decisión dolorosa a la que se llega exhaustos después de muchos intentos de acercamiento, discusiones, desacuerdos, dolor y frustraciones. Tristemente, nos vemos en la tesitura de decir adiós. Seguir juntos no hace más que añadir más dolor a la herida que la pareja lleva tiempo infringiéndose mutuamente. En algunos casos es una decisión unilateral, uno se dice: “hasta aquí llego contigo”, y al otro le pilla por sorpresa y queda en estado de shock e incredulidad.

La ruptura de una relación es un proceso de muerte y cambio. Todo cambio indica que algo muere, todo lo que muere inicia un cambio, es el comienzo de otra etapa. Toda muerte es también una despedida, algo que concluye. Despedirse de alguien con quien manteníamos un vínculo, una relación, con quien habíamos vivido muchas experiencias comunes. Las despedidas pueden generar una sensación de pérdida irreparable, un inmenso vacío interior, una sensación de amputación de una parte de sí mismos, aunque para algunos puede representar una auténtica liberación.

El maestro de budismo tibetano Sogyal Rimpoché dice que «cuando el amor se ha perdido, lo que nos queda de él son los “recuerdos” del amor y las cicatrices del apego». Confundimos amor con apego. Nuestro sufrimiento procede no del amor sino del apego, de la no aceptación del cambio inherente a la vida. Cuando reconocemos que todo es impermanente y transitorio, que no hay nada duradero y que lo único que tenemos en realidad es el ahora, empezamos a ejercitar el desprendimiento como actitud vital y aprendemos a fluir con los acontecimientos, lo que nos conduce hacia la auténtica libertad.

Sea como sea, la ruptura de la relación nos coloca ante una nueva encrucijada, la que era nuestra vida hasta el momento se derrumba y uno tiene que seguir avanzando solo, con sentimientos que fluctúan entre la tristeza,  la pena, la desolación y la incertidumbre a la rabia, el resentimiento, el dolor, el vacío y la culpa. Es necesario es entregarse a las emociones y aprender a surfear los diferentes tipos de oleadas emocionales que se suceden unas a otras y que a veces nos dejan sin aliento, como un revolcón en el mar del que siempre salimos  a flote para tomar aire y respirar.  Cada emoción es necesaria y tiene su sentido, su función. La rabia “expulsa” al otro del interior, aunque también es una defensa contra el dolor. Es bueno entregarse al dolor de verdad abrazándose literalmente y respirando en profundidad,  es la mejor medicina y agiliza el proceso.  Uno se encuentra cara a cara consigo mismo, tal vez uno se haya dejado de lado, se haya abandonado, no se conozca ni se reconozca. En verdad, el vacío que se siente es proporcional al grado de abandono de uno mismo.

Lo mejor es entregarse al proceso de duelo  y fluir con las emociones y sentimientos que se van sucediendo, con la confianza interna de que se va a superar, de que vamos a va a salir adelante, y que traerá consigo un significativo crecimiento interior. Ese es el regalo implícito en la separación: brindar una buena oportunidad para empezar de nuevo. Hay cosas que se rompen y no tienen arreglo. Ciertamente, hay que intentar de todas las maneras posibles el entendimiento con la pareja. Ahora bien, cuando la relación se ha convertido en un desolado campo de batalla donde solo hay lugar para los juegos de poder, control y manipulación, cuando hay abusos, maltrato, descalificaciones e insultos, o un abismo entre los contrincantes, cuando el lazo de la dependencia se ha vuelto al menos para uno de los dos insoportable, es bueno que alguien tenga la lucidez y valentía de darse cuenta y reconocer que seguir juntos es pernicioso para todos y que la mejor decisión es separarse, decirse adiós.

 Algunas parejas han llegado a un punto de deterioro y distanciamiento enormes, para otras la relación es más un obstáculo que un impulsor de su evolución personal. Verdaderamente una relación sana requiere de muchos ingredientes, y fundamentalmente la madurez de sus integrantes. No podemos crecer en una relación de dependencia, estamos ahogados, sin aire. El grado de sufrimiento tras la separación viene dado por varios factores: el tipo la personalidad y el grado de la dependencia en la relación, lo inesperada que haya sido la decisión y la capacidad de soltar el apego entre otros. Es necesario elaborar el duelo, atravesar las cuatro fases: shock, rechazo y negación, entrega al dolor e integración y transformación. Saber que pasó, que falló, que faltó. Muchas veces falta amor, el buen amor, el amor verdadero.  Tomar conciencia de lo que no se hizo bien, tener la valentía de asumir errores y darse cuenta de los patrones de relación propios, los condicionamientos de infancia, la relación con el padre y la madre, y la relación que hubo entre ellos.

Foto © Aina Climent Belart

Foto © Aina Climent Belart

En definitiva, el proceso de duelo permite exprimir los frutos de la experiencia, los dulces y los amargos, para integrarlos, algo que algunas personas no se permiten y evitan a toda costa, y de esta manera por un lado el dolor queda acumulado y por otra les impide experimentar un crecimiento interior.

La mayoría no tenemos patrones de relación sanos. Los seres humanos estamos en un momento de evolución transcendental, nos encaminamos hacia un nuevo estadio en el que a través de un proceso de individuación y de sanación, de crecimiento interior y concienciación individual estamos  aprendiendo a amarnos, respetarnos y cuidarnos para amar, cuidar y respetar al otro. Es muy productivo aprovechar este tiempo para conocerse a sí  mismo, hacerse cargo de las propias necesidades en lugar de transferírselas al otro, un tiempo para sanar las heridas de la infancia, para apreciar y valorar tanto la necesidad del propio espacio como de vinculación e intimidad con el otro. En definitiva, crecer de una buena vez y recuperar la individualidad. Y para ello, un proceso de separación es un escenario excepcional. Crecemos cuando sufrimos, no cuando disfrutamos.

 Es necesario perdonar y perdonarse, lo que significa aceptar lo que pasó. Fue lo que fue, no pudo ser diferente; con lo que traía cada uno se cocinó ese guiso. Y despedirse con amor y gratitud pues ello transforma nuestro corazón. Gratitud por ese tiempo y recorrido juntos, gratitud por los pequeños y grandes detalles, agradecer también por lo que fue doloroso porque es la mejor escuela de aprendizaje. Algunas relaciones son un máster de lo que no es una buena relación. La gratitud libera de resentimientos, rencores y actitudes victimistas. Rendirse al dolor y aceptar lo que pasó.  Amar lo que fue porque no pudo ser de otra manera. Decir adiós con amor. Y así, uno aprende a llevar las riendas de su vida y después de un tiempo se puede “volver al ruedo” y empezar a poner en práctica nuevas actitudes y comportamientos incorporados en esta etapa, pero eso es otra historia.

En mis sesiones de terapia utilizo la fórmula de despedida de Bert Hellinger, creador de las Constelaciones familiares, para hacer un pequeño ritual y propiciar el ejercicio de soltar a la pareja con agradecimiento, responsabilidad y conciencia. Dice así:

Tomo lo que me diste.

Fue un montón, y lo honraré y lo llevaré conmigo.

Aquello que yo te di, lo di a gusto y puedes quedártelo.

Por aquello que fue mal entre nosotros dos,

yo asumo mi parte de responsabilidad, y te dejo la tuya.

Y ahora te dejo en paz.

En la vida hay momentos de crisis en que determinados acontecimientos rompen el caparazón del ego y se hace la luz. Son momentos de crecimiento en los que se muere a viejas posiciones, se abandonan los puntos de vista adquiridos y se da una transformación interior. La separación es una pérdida y una pequeña muerte, la muerte de la relación, de los sueños, de las expectativas, de una vida que creímos transcurriría junto al otro.  Es también una oportunidad para dejar morir aspectos del ego caducos y gastados, viejas posiciones desde el miedo egoico, como la dependencia, el control, los celos, la exigencia, la posesividad. Las pequeñas muertes son circunstancias para liberar el ego y dejar que surja la esencia. Algo tiene que morir para que se dé una transformación y nazca el verdadero Ser. Decimos que se nos ha roto el corazón, sin embargo lo que se resquebraja es la coraza del ego, las defensas egoicas con las que nos protegíamos por miedo ser heridos. El verdadero anhelo del alma es la vinculación en libertad.

 El camino hacia la propia esencia no se trata de añadir, sino de desprenderse, soltar, abandonar. En esta encrucijada nos desprendemos de una capa más, porque ahora ya no nos hace falta, y aunque en un principio no pudiéramos imaginar vivir sin la persona a quien estábamos aferrados, lo cierto es que siempre podemos.

Texto original © Ascensión Belart.

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